POR LA PAZ
Por Eva G. Taylor
Estamos orando por la paz; pensamos en la paz, esperamos la paz, y durante unos momentos consideraremos la paz en su significado más amplio y profundo.
¿Cuál es la paz por la que estamos orando con todo nuestro corazón mientras, a lo lejos, el estruendo y el horror de la lucha fratricida llenan el aura de la Tierra con su resplandor rojo y siniestro?
El año pasado se celebraron más de ciento cincuenta Congresos, Convenciones y Conferencias Internacionales de Paz. Se creyó que estos acontecimientos anunciaban la llegada de la tan esperada unidad mundial por la que la humanidad había estado orando. Se afirmó con gran seguridad que la guerra era ya cosa del pasado.
Hoy nos encontramos en medio de circunstancias que podrían hacer llorar a los ángeles, y Europa se halla sumergida en la más terrible lucha fratricida registrada por la historia.
De ello nos vemos obligados a sacar varias conclusiones, una de las cuales es que nuestro anterior optimismo descansaba sobre fundamentos muy inseguros, y que nuestra llamada “paz” estaba sostenida apenas por una delgada corteza bajo la cual ardían fuegos intensos.
El gran Maestro, Cristo Jesús, pronunció estas palabras maravillosas por su profundo y místico significado:
«Mi paz os doy; no como el mundo la da».
Obsérvese que estas palabras fueron dirigidas únicamente a los discípulos, a quienes le amaban y estaban consagrados a Su servicio. También implican claramente que existen dos clases de paz.
La analogía humana confirma esta interpretación.
La paz que el mundo ofrece es una falsa seguridad que nos adormece en una breve siesta mientras la tormenta se reúne a nuestro alrededor.
La paz de Cristo, por la cual oramos, es mucho más que una calma exterior. Es más que una quietud superficial que cubre profundidades agitadas y turbulentas.
En el microcosmos humano, es más que una emoción temporalmente aquietada.
Es más que los sentidos momentáneamente adormecidos que, durante un breve intervalo, no ven, no sienten ni oyen.
En el macrocosmos, es más que la interrupción de los movimientos bélicos cuando las fuerzas elementales son obligadas a guardar silencio por una voluntad superior.
La paz mundial que anhelamos no es el ominoso silencio de una miseria reprimida y sofocada bajo una tiranía aplastante.
No es la resignación desesperada que las masas oprimidas muestran bajo la mano de hierro de la codicia y la avaricia.
No es la aceptación pasiva de condiciones despiadadas que impide la guerra abierta solamente debido a esas mismas condiciones.
Tal sumisión paraliza los esfuerzos nobles o alimenta un fuego secreto de odio que finalmente termina por romper todos los límites.
Éstas han sido las condiciones de paz de los siglos pasados entre las naciones del mundo.
De cuando en cuando podían escucharse los amenazantes rumores de la tormenta que se aproximaba.
Los agravios clamaban por justicia, pero eran silenciados por la mano levantada de la tiranía, teñida con la sangre de la humanidad.
Llamábamos a eso “paz” porque existía una sumisión pasiva a condiciones aparentemente inevitables.
Las injusticias eran revestidas con dignidad oficial; la injusticia vestía púrpura y armiño; la crueldad se sentaba en los tronos del poder. Y así existía “paz”.
¿Paz? ¡Ah, amigos! Miremos más profundamente, hasta el corazón mismo de esa situación. Volvamos nuevamente a las palabras de Cristo.
Él establece una marcada diferencia entre la paz que da el mundo y la que Él concede a quienes le aman.
Ya hemos visto los efectos de la primera. Hemos vivido bajo su falsa seguridad y hemos sufrido sus consecuencias.
Esa paz es semejante a una tarde sofocante de verano cuando toda la naturaleza percibe una perturbación eléctrica que se aproxima desde algún lugar. Los centros emocionales y sensitivos perciben las sutiles vibraciones de las corrientes atmosféricas alteradas.
Luego viene el viento, una fuerza impetuosa, un suspiro de los bosques inclinados y comienza la batalla de los elementos.
Otra imagen de esta falsa paz puede hallarse en un estanque inmóvil, en cuyas oscuras profundidades acecha el veneno.
Una paz falsa, queridos amigos, no descansa sobre fundamento alguno.
En cualquier momento las fuerzas ocultas desde abajo pueden atravesar su fina superficie y producir enormes disturbios.
Resulta evidente, entonces, que deseamos otra clase de paz: algo duradero, vivo y poderoso. Esta paz sólo puede encontrarse en el principio crístico, en el Espíritu de Cristo guiando y prevaleciendo sobre la vida.
La paz de Cristo difiere de la paz temporal y oportunista que ofrece el mundo de la misma manera que la energía radiante difiere de la letargia.
La paz de Cristo es energía radiante, vida resplandeciente, llama viva que emana de un centro puro de Luz.
Su brillante altruismo envuelve y bendice el corazón de la humanidad entera, el alma del mundo.
Cuando esta paz alcance verdaderamente el corazón de la humanidad, las naciones dejarán de guerrear.
No habrá espíritu de raza, ni deseo de poder para ejercer monopolios egoístas.
No existirán tentáculos de avaricia extendidos para aprisionar a los indefensos.
Ésta es la paz por la que debemos orar hoy, mañana y todos los días venideros: la Paz de Cristo.
Se nos dice que la Paz de Cristo sobrepasa todo entendimiento. Trasciende los límites del intelecto.
La mente no puede abarcarla plenamente; sólo el espíritu puede reconocerla y abrazarla.
Sin embargo, desde ese centro radiante percibimos su calma benéfica y su elevada bienaventuranza difundirse por toda la vida. Toca y electrifica todos los sentidos y todos los centros emocionales.
Irradia verdaderamente sus bendiciones a través de cada vía de la conciencia. No puede expresarse adecuadamente con palabras. No puede ser comprendida por quienes no la han experimentado.
Con esta comprensión de la paz resulta evidente que el mundo aún no está completamente preparado para recibir su divina bendición.
Todo lo que sea menos que esto no es verdadera paz, sino simplemente ausencia de movimientos bélicos.
Es una de las grandes tragedias de nuestra “estrella dolorosa” que las lágrimas, el derramamiento de sangre, la ruina y la destrucción deban preceder a la armonía reconciliadora, esa armonía que surge de la paz perfecta y que la incluye en sí misma.
El espíritu de Marte hace de esta época una era de inquietud.
Su influencia no se siente solamente en los campos de batalla, sino también en todas las actividades de la vida y en todos los caminos del progreso humano.
Por ello es bueno enviar constantemente pensamientos de paz, concentrarse en la paz, trabajar y orar por ella; pero debemos hacer algo más que eso.
Debemos analizar con la visión del filósofo las causas profundas de las condiciones caóticas que encontramos por todas partes.
Luego debemos reconocer todos los elementos del conflicto y descubrir una base verdadera para la paz. Como esa base sólo puede encontrarse en el altruismo, en el amor universal y en el reconocimiento de la unidad fundamental de la vida, resulta claro que debemos trabajar por ello. En otras palabras, debemos trabajar por Cristo y por Su Reino.
Debemos remontarnos hasta las causas últimas y no detenernos a mitad de camino soñando con condiciones superficialmente hermosas que son malas en su esencia, semejantes a sepulcros blanqueados: bellos por fuera pero corruptos en su interior.
Son precisamente esas condiciones las que han producido nuestras guerras y nuestras miserias.
Y estas guerras y miserias continuarán mientras la corriente de la vida humana no sea purificada en su misma fuente.
Hoy existe todavía una gran mezcla de elementos animales con la esencia pura de la humanidad, y a veces resulta difícil distinguir unos de otros.
Sin embargo, debemos purificarnos antes de poder alcanzar una paz verdadera y duradera, tanto en la vida nacional como en la individual.
Mientras algo falso o malo permanezca oculto, cubierto o disimulado, la máxima paz que podremos conocer será únicamente aquella que ofrece el mundo: una tregua temporal, una pausa en la tormenta, un armisticio durante el cual enterramos a nuestros muertos.
La auténtica paz es blanca y luminosa, como un rayo de luz procedente de Dios.
Es la flor perfecta que corona una vida armonizada. Es la verdadera sinfonía de la existencia humana, cuya esencia puede resumirse en estas palabras del gran maestro Beethoven:
«Nada puede ser más sublime que acercarse a la Divinidad y difundir aquí en la Tierra esos rayos divinos entre los mortales.»
Durante el proceso de desarrollo, ajuste y construcción de lo bello y útil, la vida está llena de discordias y luchas. Lo mismo ocurre con las naciones que con los individuos; con el macrocosmos que con el microcosmos.
Mientras se retiran los escombros de una estructura demolida para dar lugar a una nueva construcción, el espectáculo no resulta agradable.
Los sentidos son ofendidos por el desorden y la confusión.
Sólo el alma del artista puede contemplar anticipadamente, mediante la imaginación, el nuevo edificio que se elevará con gracia y noble belleza sobre las ruinas.
En la terminología antigua solíamos hablar de las vidas humanas “apagadas en el campo de batalla”, como la llama de una vela extinguida.
Ahora sabemos que la vida no se extingue y que la llama continúa viviendo. Las viejas condiciones cristalizadas serán destruidas por esta tremenda conmoción, y sentiremos el movimiento de corrientes etéricas más refinadas.
Por tanto, continuemos enviando pensamientos de paz.
Pero hagamos más: hagámoslos poderosos, eficaces y llenos de fuerza, cargados con la corriente eléctrica del amor proveniente del Centro Divino. Así podremos colaborar verdaderamente con la obra de la paz; con la verdadera paz; con la Paz de Cristo.
Sin embargo, el trabajo preparatorio debe realizarse primero. Deben retirarse los escombros de pensamientos inútiles, fantasías vacías e intereses egoístas.
El espíritu de raza debe desaparecer. Las distinciones de clase, excepto aquellas relacionadas con distintos grados de desarrollo espiritual, deben ser abolidas. El único criterio de excelencia debe basarse en el desenvolvimiento espiritual del individuo.
Todas las distinciones arbitrarias de nuestra llamada civilización moderna deben disolverse en la luz blanca de la Verdad que brilla desde los mundos espirituales.
Todos nuestros conceptos basados en los falsos valores de la Tierra deben invertirse.
Debemos reconocernos como una sola Unidad infinitamente multiplicada, una sola en esencia y fundamento, aunque manifestada en diferentes grados de desarrollo. Juntos constituimos la humanidad perfecta.
Utilizando una antigua comparación musical, cada inteligencia humana emite su propia nota; varias de esas notas armoniosamente combinadas forman un acorde perfecto. Todos esos acordes, con sus tonos y armónicos, con su equilibrio y ritmo, constituyen la gran sinfonía de la vida.
No puede prescindirse de una sola nota ni de un solo acorde. Incluso aquellas notas que producen una extraña disonancia para los oídos inexpertos ayudan, bajo la dirección del Gran Maestro, a producir la música más verdadera y la armonía más perfecta.
Ninguno de nosotros, que viajamos juntos por esta “estrella dolorosa”, podrá entrar en la armonía perfecta hasta que la última nota falsa de la individualidad haya sido elevada hasta expresar su sonido pleno y verdadero. En el alma del mundo existen muchos tonos.
Algunos parecen muy discordantes para los oídos sensibles, pero deben llegar a resonar claros y puros antes de que podamos comprender plenamente la verdadera paz y nuestra unidad esencial.
Por ahora predomina la nota marcial; pero del estrépito de tambores y trompetas surgirá una melodía pura y clara proveniente de los violines y violonchelos del alma superior de la humanidad, y entonces comenzará el reinado de la paz.
En un sentido muy real somos guardianes de nuestros hermanos; y en un sentido místico aún más profundo, porque en la esencia de nuestro ser somos uno.
Nuestras almas, formadas a partir del alma del mundo, aunque ahora parezcan separadas y cada una esté encerrada en su pequeña envoltura, llegarán a ser una sola en poder y bendición cuando sean purificadas y unidas a la Inteligencia espiritual.
Un último pensamiento: el altruismo debe tener sus raíces en el interior, en el sagrado centro de Amor y Luz donde mora el verdadero Ser.
Las semillas de la verdad deben caer en los silencios del corazón y germinar allí, en la profunda quietud. No sabemos cuánto perdemos cuando permitimos que esas semillas caigan sobre la turbulenta corriente de la vida exterior y sean arrastradas por sus aguas inquietas.
Las fuerzas de la vida externa tienden continuamente hacia afuera.
Si las verdades divinas que el Maestro susurra al oído interior no son permitidas madurar completamente dentro de nosotros antes de manifestarse hacia el exterior, no cumplirán plenamente su elevado propósito.
En esta idea se esconde una profunda verdad digna de seria reflexión.
El Corazón de Cristo es Amor y Luz. Cuando Su ley gobierna la vida, surge la paz. La inquietud es señal de centros perturbados y muestra que las energías están fluyendo hacia canales improductivos, disipándose en asuntos secundarios.
La falsa paz, la paz que el mundo ofrece a sus seguidores, divide, separa y desintegra.
A su manera, es casi tan perjudicial como las fuerzas bélicas desatadas.
Para entrar en la paz grande y duradera, el alma de la humanidad debe volverse hacia la Luz Divina Central y apartarse del mundo de las formas y las fantasías.
El intentar mirar simultáneamente en ambas direcciones es lo que produce gran parte de nuestra miseria.
El problema de la vida, tanto individual como cósmica, es en realidad sencillo cuando encontramos la clave correcta.
Esa clave está al alcance de todos cuando miramos hacia nuestro interior y, en la profunda quietud del centro de nuestro ser, encontramos nuestro verdadero yo, nuestro Yo Superior y nuestro Dios.
Permítaseme concluir con estas palabras de un himno escrito por un místico y santo de la abadía galesa de Llanthony:
Silencio... Que una profunda quietud
descienda sobre cada corazón.
Que todo pensamiento terrenal
se aleje completamente.
Maestro, di: "Paz, permanece."
Porque Tú estás verdaderamente aquí.
Maestro, que Tu gran calma
nos haga sentir Tu cercanía.
Bendice dulcemente nuestras almas
y haz esta hora tan preciosa,
que podamos reconocernos
reposando a Tus pies.
Traducida de la Revista Rayos de la Rosacruz de Junio de 1915 en amoroso servicio, por la Fraternidad Rosacruz de Mexico.