LA ACTITUD DEVOCIONAL
Por Chas. A. Peckham
En esta era intelectual, con sus prisas y agitaciones, su vana búsqueda de placeres y su frenética carrera tras la riqueza, son pocos los que procuran vivir una vida de devoción a ideales elevados o cultivar dentro de sí mismos aquella actitud mental que busca lo bueno y lo bello en todas las cosas.
Para la gran mayoría de la humanidad, la percepción material parece ser la única base de comprensión. Lo que están acostumbrados a ver con los sentidos externos lo consideran verdadero; pero aquello que no pueden ver con los ojos físicos, no lo creen.
El místico, en cambio, percibe un significado ulterior, una belleza y una importancia ocultas en todos los objetos, actos y acontecimientos de la vida diaria.
Para él no existe nada vulgar ni sórdido en el universo.
Considera todas las cosas, desde la diminuta hoja de hierba hasta las brillantes constelaciones que recorren el sendero resplandeciente del Zodíaco, como símbolos de lo Divino.
Así, en aquellas cosas que la persona común contempla con indiferencia debido a su constante familiaridad, el místico descubre un significado oculto que le revela su importancia espiritual.
En el brillo del Sol ve un símbolo del gran amor de Dios por la humanidad; en las nubes que a menudo lo oscurecen, percibe las preocupaciones mundanas y las búsquedas materiales que impiden que ese amor se manifieste plenamente.
En la gloria del amanecer contempla la promesa de un futuro espléndido hacia el cual anhela dirigirse, y en los magníficos colores del atardecer encuentra la seguridad de una continuidad de la vida más allá de la oscura noche de la muerte del cuerpo.
El arroyo que sigue su camino tortuoso y agitado en incansables esfuerzos por llegar al mar es para él un símbolo perfecto del alma que recorre la senda del logro espiritual, avanzando a través del laberinto del mundo material en busca de la verdad y la luz.
Cada pequeña flor que crece al borde del camino habla elocuentemente de la senda de pureza que todos deben recorrer para alcanzar la meta. En cada diminuta semilla se revela la historia de la evolución y las grandes posibilidades del alma humana.
En la transformación de la oruga en mariposa obtenemos una pista acerca de lo que el hombre fue y también de aquello que está destinado a llegar a ser.
Tal es la actitud que el místico mantiene hacia todas las cosas de la Naturaleza. Observa todo con una visión espiritual que percibe en cada objeto un símbolo del propósito divino y busca, en lo más profundo de su ser, aprender una lección de cada experiencia.
Del mismo modo, todos los actos y acontecimientos de la vida diaria son considerados por el místico como símbolos de realidades superiores. Cumple sus deberes con espíritu de devoción, como si los realizara para el Señor, y por ello se convierten para él en verdaderos sacramentos.
Cuando come, cada alimento es una Santa Cena.
Lo toma con reverencia y en recuerdo de Aquel que dijo:
«Este es mi cuerpo», pues comprende que el pan que consume es realmente una parte del gran Espíritu Crístico que se sacrifica por el bien de la humanidad.
El baño lo considera un símbolo de la purificación interior tan esencial para quien aspira a recorrer el sendero espiritual. El matrimonio lo ve como algo elevado y sagrado, porque en esa unión de alma con alma está prefigurada la unión aún más grande y santa: el matrimonio místico entre Dios y el alma.
Es cultivando dentro de sí esta actitud devocional, que sólo ve lo bueno, lo verdadero y lo bello en todas las personas y cosas, y que descubre el significado interior contenido en todas las experiencias, como el místico abre su alma a la afluencia de la vida divina.
Esa vida ilumina su comprensión y le otorga una visión espiritual que le permite leer los secretos contenidos en el libro de la Naturaleza.
Buscando siempre instrucción en las cosas espirituales, procura refinar diariamente sus sentidos más allá de la simple percepción de las formas externas para captar con mayor claridad su significado espiritual.
Sin embargo, no debe suponerse que desprecia las cosas ordinarias de la vida o que pasa su tiempo en especulaciones metafísicas inútiles.
Considera al mundo como una escuela donde debe aprender mediante la experiencia las lecciones de la vida.
Por ello, avanza con una mente despierta y observadora, estudiando cuidadosamente todas las experiencias para extraer de cada una el máximo beneficio posible.
Así, es uno de los hombres más prácticos.
Realiza su trabajo en el mundo lo mejor que puede, pero manteniendo siempre presente el verdadero propósito de la vida y esforzándose constantemente por comprender el significado espiritual de todas las cosas.
Toda persona que aspire a recorrer el sendero del desarrollo espiritual debe cultivar diligentemente esta actitud devocional.
Es el primer paso en el camino que conduce al conocimiento superior y posee una importancia inmensa y de largo alcance.
Por todas partes en nuestro entorno debemos buscar aquello que despierte en nosotros sentimientos de respeto y veneración. Tales sentimientos son para el alma lo que el alimento es para el cuerpo.
Cultivando nuestra naturaleza devocional alimentamos el alma, permitiendo que crezca y se fortalezca.
Los sentimientos de odio, irrespeto y antipatía, por el contrario, provocan hambre espiritual y marchitan sus actividades. Por ello debemos evitar tales emociones y dedicar todas nuestras energías al desarrollo de la actitud devocional dentro de nosotros.
Entonces habremos plantado firmemente nuestros pies en el sendero superior que finalmente conduce a Dios.
Publicado en la Revista Rayos de la Rosacruz de Junio de 1915 y Traducido en Amoroso Servicio por la Fraternidad Rosacruz de Mexico.