HISTORIAS ACUARIANAS PARA LOS NIÑOS
LOS ESPÍRITOS DE LA PRIMAVERA
B. Coursin Black
Tita estaba enojada. Tita estaba muy enojada. ¡La idea de tener lección de música hoy! En un sábado, con tantas cosas por hacer, y allá afuera el Sol, dorado como el corazón de una margarita.
Así que Tita escapó y se escondió en el pequeño bosque a la orilla del arroyo.
Se acostó en la tierra húmeda. El arroyo le cantaba; su canción era burbujeante y alegre.
Tita se sentía ahora en paz y feliz. Miró fijamente las nubes que parecían de nata y deseó cabalgarlas.
Entonces, surgió la música. Tan sutil, tan dulce, que pensó que era una abeja grande y perezosa.
Pero no, era diferente. Giró la cabeza. Luego, miró fijamente.
La criatura era minúscula como un minuto. Toda de verde brillante, con cabellos amarillos como un manto tenue.
¡Y estaba tocando! Tocando un violín hecho de las dos briznas de hierba más pequeñas que jamás hayan existido. Tita se frotó los ojos.
— ¡Ah! ¡Finalmente puedes verme!
La voz de la criatura tintineó como un cubo de hielo en un vaso que se agita.
Tita miró con más firmeza, llena de asombro.
— ¿Mi nombre? Seeba —dijo la niña duende, como si leyera el pensamiento de Tita.
— Pero... ¿qué...? ¿por qué? —habló Tita finalmente, con los ojos muy abiertos.
— Nadie me ve jamás —Seeba leyó sus pensamientos nuevamente—, a menos que esté en sintonía con el espíritu de la Primavera.
Tita abrió la boca para hacer más preguntas, pero Seeba sonrió y agitó su mano.
— Ven —dijo—, te mostraré.
Súbitamente, Seeba creció hasta volverse tan alta como Tita.
Estaban en un gran bosque. Había árboles monstruosos a su alrededor, colinas y un río ruidoso y apresurado, tan ancho que no se veía la otra orilla.
Tita miró a su alrededor, asustada.
— No —dijo Seeba—, todo es lo mismo. Tú solo te has vuelto de mi tamaño. Los árboles son solo hierba, las colinas son torres de tierra. Y mira el pequeño arroyo.
Señaló el río rugiente e impetuoso.
Seeba tomó su mano. Caminaron por aquel extraño lugar hasta que llegaron a una caverna.
Tita seguía pensando; tenía tantas preguntas, pero estaba muy ocupada observando todo.
Una roca monstruosa estaba cerca de la caverna. Era azul y brillante.
— ¿Recuerdas la cuenta azul que perdiste? —preguntó Seeba, tocando la roca gigante y sonriendo ante la expresión de sorpresa de Tita.
De repente, Tita gritó. Una serpiente enorme pasó contoneándose. Seeba dijo gentilmente:
— Es una lombriz. Ella se lleva la grava y enriquece la tierra para que las flores puedan crecer.
Llegaron a un tronco que atravesaba el túnel.
— La raíz de una violeta —explicó Seeba.
Ella desplegó unas alas sedosas que Tita no había visto antes. Juntas volaron por encima de la raíz.
Tita ya no podía ver nada más. Estaba oscuro como la tinta. Entonces, percibió un leve brillo plateado que se volvió cada vez más intenso. Pájaros que volaban parecían relucir con la luz.
— Luciérnagas —dijo Seeba—. Nuestro sistema de iluminación.
Después vieron a unos hombrecillos muy extraños, vestidos de marrón, con cubetas vacías.
— Gnomos —le dijo la duende a Tita—. Ellos recogen el rocío en las cubetas y riegan las raíces.
Luego apareció una fila de criaturas delicadas como Seeba.
Algunas eran de color naranja, otras rosas, algunas verdes. Traían cubetas llenas de rocío que derramaban en algunas raíces.
— Espíritus de la Primavera —dijo Seeba, como una guía en un autobús de turismo—.
Hoy están perezosas y muy retrasadas.
— ¿Tú eres un Hada de la Primavera? —preguntó Tita. Todavía tenía miedo de las cosas y su voz sonaba débil al hablar.
— Oh, sí. Me fui al Sur durante todo el invierno. Volvimos al Norte en un tren de nubes hace pocas semanas.
De repente, se detuvo. Se puso pálida y comenzó a temblar.
— La Reina —dijo rápidamente—.
Me castigará. Si pudiera esconderme en algún lugar... Pero es muy tarde.
Un resplandor cegador de luz amarilla brilló ante los ojos de Tita y, frente a ellas, apareció una visión encantadora.
Era más alta que Seeba y vestía un vestido verde brillante que resplandecía con todos los colores del arcoíris.
Su cabello era de color azulado, pero no parecía extraño. Tita pensó que nunca había visto un ser tan hermoso.
Pero los ojos de la Reina lanzaban destellos.
— No viniste a practicar —dijo la Reina, mirando a Seeba—.
Te escapaste para jugar. Bien, por ese motivo te quedarás en la caverna toda la noche y no subirás a las nubes. Y tocarás tu violín toda la noche.
Seeba comenzó a suplicar.
— Va a llover esta noche, querida Reina —dijo llorando—.
Me encanta cabalgar las gotitas de lluvia, y habrá tantas hadas nuevas llegando.
Una de las grandes serpientes apareció. Tita olvidó que se trataba solo de una lombriz.
Comenzó a correr cada vez más rápido. Y, de repente, estaba afuera, al Sol. Sola. Se frotó los ojos y miró a su alrededor.
Debía de ser muy tarde. El Sol ya casi se ocultaba. Se estaban formando nubes oscuras. Tita no esperó y corrió a casa.
Aquella tarde, Tita tocó su violín. Su madre tocó el piano. Papá leía su periódico y su hermano Jan estaba lustrando un guante de béisbol. Entonces, Tita escuchó la música. Era leve y dulce como campanas de hadas.
— Las Hadas de la Primavera —dijo ella, ansiosamente.
Su hermano Jan la miró y suspiró.
— Ah —refunfuñó él—, está lloviendo. No podremos jugar mañana.
Tita le respingó la nariz. ¿Cómo podría saberlo un chico? Pero ella entendió.
Las Hadas de la Primavera venían con toda su fuerza.
Ahora, toda la gloria de la primavera estallaría hacia fuera. Los bosques y los campos sentirían la magia. Se preguntó si Seeba estaría cabalgando las gotas de lluvia, o si estaría en la caverna practicando. Tita tomó su violín y comenzó a tocar otra vez. Intensamente.
Traducido del Ingles en Amoroso Servicio por la Fraternidad Rosacruz de Mexico.