MEDITACIÓN PARA MIGUEL: MIGUEL, PRÍNCIPE DE LA IGLESIA
DE OTOÑO — DEL LIBRO: PUERTA A LAS ESTRELLAS, POR CORINNE HELINE
EL EQUINOCCIO
Entre los muchos milagros que acompañan a la natividad en la santa leyenda, ninguno es más hermoso que la aparición de los cuatro poderosos Arcángeles - Miguel, Rafael, Gabriel, y Uriel.
Estos majestuosos Seres permanecieron como poderosos guardias de honor alrededor del pesebre durante las horas de esa primera Noche Santa, derramando sus bendiciones sobre el Niño Sagrado y diseminando grandes corrientes de luz por todos los lados del globo terráqueo.
El descenso de los cuatro Arcángeles en esa Noche Santa no fue, no obstante, su única aparición en la evolución humana. La sagrada leyenda está llena de sus proezas, y mientras éstas deben interpretarse alegremente en many casos, un verdadero patrón científico, conforme con lo que se sabe de la historia espiritual de la humanidad, emerge a la vista.
Las cuatro Estaciones Sagradas están bajo la tutela de estos cuatro majestuosos Seres, quienes dirigen el trabajo de Ángeles y hombres así como los variados procesos de la naturaleza a través del año. Aunque cada uno de los cuatro Festivales es de sólo cuatro días de duración, su tremendo impulso continúa hasta manifestarse en toda la estación durante tres meses.
El hombre tiene el inapreciable privilegio de ponerse en armonía con estos procesos esenciales de la naturaleza; de aquí el axioma Masónico: “Hermano, estudia la naturaleza, pues porta el sello de la Divinidad”.
Estas Estaciones Sagradas, o Festivales, eran ya puntos pivotales del gran poder espiritual en los Misterios pre-Cristianos. La venida del Señor Cristo fue para investirlas de poder y gloria aumentados, y así fue proclamado por los cuatro grandes Mensajeros en la Primera Noche Santa.
Fue el Arcángel Miguel quien, en toda su sublime belleza y majestad, se inclinó sobre el bendito Cristo cuando Él se arrodilló en el Getsemaní, tomando para Sí las emanaciones miasmáticas de odio y desesperación, y transformándolas en las puras corrientes de amor y curación que Él derramó de nuevo sobre el mundo. Miguel y sus Ángeles ministrantes Lo asistieron en este trabajo.
Los primeros santos Cristianos entendieron bien la importancia de la labor hecha por los Arcángeles guardianes, y en las primeras centurias numerosos santuarios fueron erigidos en su honor. San Miguel, en particular, recibió homenaje universal como Jefe de los Arcángeles.
Siempre el trabajo de este poderoso Arcángel ha sido para la pureza y la transmutación; por eso es significativo que uno de sus más frecuentados santuarios se localice en el país natal del Rey Arturo, el guardián del Grial en Inglaterra.
En el Templo del Rey Arturo a los Caballeros del Grial les enseñaba a perturbar los Misterios del Cáliz Sagrado, Misterios en los cuales el Maestro dio a Sus Discípulos las más profundas enseñanzas relativas a la transmutación.
Aquellos que venían al culto en las áreas sagradas a menudo eran inspirados por la gloriosa visión del Arcángel mismo, y muchos fueron los milagros de curación y regeneración allí manifestados.
A medida que se aproxima a la Era Acuariana, las potentes radiaciones de los cuatro Arcángeles guardianes se hacen sentir cada vez más fuerte; los santuarios de Miguel, sobre todo, están siendo cargados con fuerza cósmica conforme su presencia se vuelve a manifestar en los tiempos actuales.
Miguel, el Destructor del Dragón
El discípulo más fervoroso dedicará mucho tiempo, durante la estación otoñal, a meditar en Miguel y su trabajo. Debería prestarle especial atención a la obra maestra de Guido Reni, Miguel y el Dragón, en la cual el artista muestra al luminoso Arcángel que permanece triunfante sobre la figura postrada del oscuro dragón.
Para el Neófito, el dragón representa su propia naturaleza de alma inferior (los elementos no transmutados del alma animal que retardan el crecimiento espiritual en el ser humano).
Miguel se esfuerza por ayudar al hombre en la Gran Superación; al Neófito le enseña la lección de Purificación (que es seguida por los primeros peldaños de la Transmutación para el Discípulo).
La imagen simbólica de Miguel como el destructor del dragón posee una significación planetaria así como personal: pues el mal colectivo de la raza crea siempre una nube miasmática sobre la tierra que, bajo ciertas condiciones, puede sugerir la figura de un dragón o serpiente.
Cada año para el Equinoccio de Otoño, Miguel entra en conflicto con esta nube-dragón, y cada año la vence otra vez, “destruyendo” al fantasma del mal para que el nuevo flujo de las corrientes magnéticas curativas de Cristo pueda correr libremente por nuestro planeta.
Este evento celestial da origen al símbolo tan familiar para nosotros, y que le habla claramente al alma en los elevados momentos de la meditación.
Miguel es el primero entre los poderosos Arcángeles que guían la evolución de la tierra y su humanidad.
Fue durante el Tercer Gran Día de la Creación (el Período Lunar) que condujo a las Huestes angelicales cuando expulsaron a Lucifer y sus Ángeles rebeldes de los reinos de Jehová.
Después de haber completado esta labor, en el Cuarto Día de la Creación (el presente Período Terrestre) asumió la gran personalidad de ayudar al hombre a redimirse de la dominación Luciferiana.
Como previamente lo anotamos, la disciplina preparatoria del Neófito en el Equinoccio de Otoño es la purificación de la naturaleza más baja o alma animal.
Ya que esto debe ser hecho por todos los hombres, Miguel está todavía ocupado en su trabajo redentivo y continuará su lucha con el dragón hasta que toda la raza humana se haya purificado del impulso Luciferiano.
Siguiendo a la Renunciación, y comparando los procesos de Purificación y transmutación, el trabajo del Discípulo en el Equinoccio de Otoño es la iluminación del intelecto, llamado “La Cristianización de la mente”. Como Pablo dijo: “Transfórmate por la renovación (iluminación) de tu mente”.
Esta es la tarea en solidario más importante que enfrenta la humanidad de hoy. Es la contribución más significativa de Miguel y el último trabajo de su estación. Se correlaciona con Sagitario.
Al Discípulo avanzado, aquel que ha caminado mucho en el Sendero, Miguel le enseña la técnica espiritual de amalgamar con la substancia-luz de la mente esa esencia que se recoge de la purificación de la naturaleza de deseos.
Una vez que el Discípulo ha hecho esta mezcla, aun en un pequeño grado, empieza a comprender algo del significado de la afirmación de Cristo: “La pureza de corazón verá a Dios”; pues él está entonces en el mismo umbral de la Iniciación.
En Amoroso Servicio
Centro de Estudios de la Sabiduria Occidental Mexico