LA MEDIDA DE LA RECEPTIVIDAD A LAS VIBRACIONES PLANETARIAS
El hombre primitivo, impulsado por el látigo de la necesidad saturnina y, con frecuencia, dominado por las pasiones animales de Marte y de la Luna, contempla el mundo como un lugar sombrío.
El miedo constituye la nota dominante de su existencia: miedo a los animales, miedo a otros hombres, miedo a las fuerzas de la naturaleza, miedo a todo cuanto le rodea.
Debe permanecer constantemente vigilante, porque para él la seguridad depende de la alerta ininterrumpida.
Sin embargo, cuando la evolución hace al ser humano receptivo a las influencias de Venus y Mercurio, sus emociones se suavizan y su mente se ilumina. Comienza entonces a experimentar el amor y la razón como factores importantes de la vida. Además, el Sol empieza a iluminar su visión de la existencia y, durante esta etapa evolutiva, el brillo solar de su naturaleza disipa parcialmente las sombras de Saturno.
Así, gradualmente, a medida que evoluciona y se hace receptivo a la música de las esferas, una cuerda tras otra de la lira celestial despierta su correspondiente vibración en el alma humana.
Del mismo modo que un diapasón hace resonar otro afinado en la misma nota, los planetas de nuestro sistema solar han ido despertando sucesivamente distintas capacidades en el corazón humano.
Pero las cuerdas de la lira celestial de Apolo no están todas en perfecta armonía.
Algunas son discordantes entre sí; por ello, mientras el hombre responde a ciertas vibraciones, necesariamente permanece parcialmente insensible a otras.
Por ejemplo, antes de responder plenamente a los rayos de Venus es preciso conquistar, en cierta medida, las influencias de Marte.
Deben mantenerse bajo control algunos rasgos marciales indeseables, aunque otros más valiosos puedan conservarse.
El amor venusino, dispuesto a sacrificarse por los seres queridos, no puede coexistir plenamente con la influencia marciana que exige todo para sí mismo.
Por eso el salvaje debe aprender primero a dominarse para poder transformarse en el hombre de familia propio de una civilización más avanzada.
Bajo los rayos sin freno de Marte y de la Luna, los padres traen hijos al mundo y los abandonan prácticamente a su suerte, del mismo modo que lo hacen muchos animales. Son productos de la pasión instintiva. Las mujeres son compradas, vendidas o tomadas por la fuerza.
Incluso en la Edad Media, el caballero con frecuencia obtenía a su esposa mediante la fuerza de las armas, de una manera muy semejante a como los machos de ciertas especies animales luchan por la posesión de la hembra.
Vemos así que uno de los primeros pasos hacia la civilización consiste en que el ser humano aprenda a dominar determinadas influencias planetarias.
La pasión desenfrenada generada por Marte ya no es aceptable dentro de una sociedad civilizada.
Tampoco resulta admisible el principio de que “la fuerza hace el derecho”, excepto cuando las naciones recaen en la barbarie de la guerra.
Las antiguas cualidades marciales de agresividad física, que alguna vez fueron consideradas virtudes, ya no son admiradas en la vida individual.
Actualmente se castigan mediante leyes y reglamentos. Sin embargo, esas mismas tendencias aún se manifiestan a escala colectiva cuando las naciones buscan expansión territorial mediante conflictos armados.
Por consiguiente, Marte ha sido parcialmente conquistado en la vida social para que el amor de Venus pueda ocupar el lugar de la pasión marciana.
Como se señaló anteriormente, los hijos del hombre primitivo eran abandonados a su propia capacidad tan pronto como podían defenderse físicamente.
Con la llegada de Mercurio aparece una situación diferente.
La batalla de la vida ya no se libra únicamente con armas físicas; el cerebro adquiere más importancia que la fuerza muscular.
Por esta razón, el período educativo se fue prolongando a medida que avanzó la civilización. La educación moderna está orientada principalmente al desarrollo mental, reflejando la acción del rayo mercurial que acompaña al desenvolvimiento venusino de la cultura actual.
De este modo, el ser humano aprende a ver la naturaleza bajo una luz más brillante y optimista a medida que se vuelve receptivo a la influencia del Sol, Venus, Mercurio, Marte, la Luna y Saturno, aunque sea en una medida todavía limitada.
Sin embargo, existe un problema. Todo este desarrollo ha sido en gran parte unilateral.
Se ha orientado principalmente hacia aquello que el individuo considera suyo: sus negocios, su casa, su familia, sus tierras o sus posesiones. Todo ello le parece extremadamente importante y considera que debe protegerlo y aumentarlo, sin preocuparse demasiado por el bienestar de los demás.
Pero antes de alcanzar una etapa superior de evolución, este deseo de apropiación debe transformarse en un sincero deseo de beneficiar a otros seres humanos.
En otras palabras, el egoísmo debe dar paso al altruismo.
Así como Saturno elevó al hombre primitivo mediante el látigo de la necesidad, ahora Júpiter, el planeta del altruismo, está llamado a elevarlo desde la condición humana ordinaria hacia un estado superior.
En ese futuro desarrollo, la pasión de Marte será reemplazada por la compasión de Urano, y la conciencia infantil simbolizada por la Luna dará paso a una conciencia cósmica representada por Neptuno.
Por ello, la entrada de la influencia jupiteriana marca un paso decisivo en la evolución humana.
Según las enseñanzas rosacruces, la actual humanidad terrestre evolucionará hacia una futura condición simbolizada por Júpiter, donde el altruismo será una característica predominante en las relaciones humanas.
Para responder plenamente a los rayos de Júpiter, debemos cultivar el altruismo y superar el egoísmo estimulado por los aspectos inferiores de Mercurio.
Hemos aprendido parcialmente a dominar algunas influencias de Marte y de la Luna; también debemos aprender a elevar las expresiones inferiores de Venus y Mercurio hacia expresiones más nobles. Cuanto más logremos esta transformación, más receptivos seremos a las vibraciones superiores de los planetas.
Según la enseñanza rosacruz, a medida que el ser humano progresa espiritualmente puede llegar incluso a superar la forma más elevada del amor venusino.
El amor de Venus suele estar asociado a aquello que consideramos nuestro: amamos a nuestros hijos porque son nuestros; amamos a nuestro esposo o esposa porque pertenecen a nuestro círculo íntimo; nos sentimos orgullosos de sus talentos y cualidades.
Cristo, sin embargo, señaló un ideal superior. Cuando dijo:
«Si alguno no deja padre y madre, no puede ser mi discípulo»,
No pretendía que las personas abandonaran a sus familias ni que dejaran de amarlas. Lo que enseñaba era que el alma debe ser amada más allá de las limitaciones de los vínculos físicos.
El cuerpo es sólo un vehículo temporal.
Lo verdaderamente digno de amor es el alma que habita en él. Nuestro amor debería ser el mismo tanto para una persona joven como para una anciana, tanto para alguien hermoso como para alguien físicamente poco atractivo. La verdadera belleza es la del alma.
Por eso Cristo preguntó:
«¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?»
y señaló a sus discípulos, aquellos que compartían con Él una misma labor espiritual.
Esta actitud representa una elevación respecto al amor venusino.
Mientras Venus pone el énfasis en la forma externa y en los lazos personales, el amor jupiteriano contempla únicamente el alma, independientemente del cuerpo que ésta utilice.
El Amor de Júpiter
La mente influida por Júpiter también difiere de la mente meramente mercurial. E
l cálculo frío y egoísta desaparece. Quien vibra bajo la influencia de Júpiter es generoso de corazón en todos los aspectos de su vida.
La expresIón popular «un sujeto jovial» describe muy bien esta condición.
Es una persona bienvenida en todas partes porque no irradia egoísmo, sino un sincero deseo de beneficiar a los demás. Esa actitud genera confianza, exactamente lo contrario de la desconfianza que suele despertar una naturaleza dominada por Saturno y Mercurio.
Los astrólogos dotados de percepción espiritual afirman que cada influencia planetaria produce colores específicos en el aura humana, además del color básico asociado a la raza o tipo evolutivo de la persona.
La persona dominada por Saturno y Mercurio suele manifestar colores grisáceos o azules enfermizos.
No debería ser condenada sino comprendida, pues percibe el mundo a través del filtro que ella misma ha creado. Tiende a considerar la vida fría, dura y egoísta, y por ello cree necesario actuar de la misma manera para protegerse.
En contraste, cuando aparece el azul luminoso atribuido a Júpiter, especialmente si está enriquecido por el dorado refinado de Urano, la persona contempla la existencia desde una perspectiva completamente diferente.
Para ella el mundo está lleno de luz, alegría y posibilidades.
Y debido a que mira la vida con esa actitud, suele despertar respuestas semejantes en los demás, del mismo modo que un diapasón hace vibrar otro afinado en la misma nota.
Urano y la Compasión Universal
Más allá del amor jupiteriano se encuentra la vibración de Urano.
En este nivel, el amor se transforma en compasión universal. Ya no depende de vínculos personales ni de intereses particulares.
Surge entonces una sabiduría que no proviene únicamente del razonamiento intelectual.
Es una comprensión directa de la unidad de toda vida.
El amor deja de concentrarse en una persona o grupo específico y se extiende hacia todo ser viviente.
Esta condición se asemeja a la que la humanidad desarrollará durante un futuro período evolutivo simbolizado por Venus.
En ese estado perfecto, el amor habrá expulsado todo temor. El hombre habrá conquistado las fases inferiores de su naturaleza y será capaz de amar con una pureza completamente universal.
Un Importante Peligro Espiritual
El artículo advierte, sin embargo, acerca de un peligro muy serio. Cuando una persona comienza a percibir las vibraciones uranianas antes de haber consolidado suficientemente las virtudes jupiterianas, puede caer en graves errores.
Algunas personas creen prematuramente que ya han trascendido todas las leyes humanas.
Piensan que están más allá de las normas sociales, de las obligaciones cívicas e incluso de las leyes morales que rigen a la mayoría de las personas.
Llegan a convencerse de que la pasión marciana ha sido completamente transformada en compasión uraniana. Sin embargo, según el autor, en muchos casos lo que experimentan no es verdadera espiritualidad, sino una forma refinada y engañosa de deseo venusino.
Por esta razón algunos buscadores espirituales abandonan las normas del matrimonio y justifican relaciones irregulares bajo conceptos como «almas gemelas» o «afinidades espirituales». El resultado suele ser precisamente lo contrario de la elevación espiritual buscada.
La enseñanza es clara: antes de aspirar a las elevadas vibraciones de Urano, el estudiante debe desarrollar profundamente las virtudes de Júpiter, especialmente el altruismo y la generosidad desinteresada.
El autor considera que más sufrimiento ha sido causado por quienes intentaron elevarse demasiado rápido y luego cayeron, que por quienes avanzaron lentamente pero con firmeza.
Por ello recuerda el antiguo proverbio:
«El orgullo precede a la caída.»
El Matrimonio en la Enseñanza Cristiana
Finalmente, el texto señala que Cristo participó en las bodas de Caná, lo cual demuestra que el matrimonio constituye una institución legítima dentro del desarrollo humano actual.
Según esta enseñanza, el matrimonio seguirá siendo necesario mientras la humanidad continúe utilizando cuerpos físicos sujetos al nacimiento, crecimiento y muerte. Sólo en estados futuros de evolución, donde esos cuerpos ya no sean necesarios, desaparecerá la institución matrimonial.
El artículo concluye con una observación práctica:
El descubrimiento del compañero o compañera adecuados debe realizarse antes del matrimonio, y no después
Traducido de la Revista Rayos de la Rosacruz de Junio de 1915 en amoroso servicio por la Fraternidad Rosacruz de Mexico.