LA NOTA FUNDAMENTAL DEL CRISTIANISMO
Cuando Cristo estuvo ante Pilato, este le hizo una pregunta que ha sido formulada en todas las épocas desde que el ser humano comenzó a buscar conocimiento sobre el problema cósmico:
¿Qué es la verdad?
La Biblia responde a esta pregunta diciendo:«Tu palabra es verdad».
Y cuando acudimos a aquel maravilloso capítulo místico del Evangelio de Juan, leemos:
«En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios; sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho; en él estaba la Vida».
Encontramos así un extraordinario tema para meditar acerca de estos significados sinónimos y de la relación entre la Verdad, Dios y la Vida.
Un gran obstáculo para la mayoría de los buscadores de la verdad es que intentan encontrar una fe entregada de una vez para siempre, completa e inmutable. No llegan a comprender que la verdad es la Palabra de Dios.
El mandato creador, cuya primera sílaba fue pronunciada al comienzo de la evolución, constituyó apenas el inicio; cada palabra de ese decreto creador que desde entonces ha resonado para nuestra elevación es como las palabras de una frase que lentamente revela el pensamiento de quien la pronuncia.
Todavía sigue resonando la nota fundamental de todo progreso, y la Palabra completa no habrá sido pronunciada, la frase no habrá sido concluida y la Verdad no se nos revelará en toda su plenitud hasta que nuestra propia evolución espiritual nos haya otorgado el poder necesario para comprenderla plenamente.
Así vemos que la gran palabra creadora de verdad y vida continúa vibrando en el universo, sosteniendo y preservando todo cuanto existe y revelándonos tanta verdad como somos capaces de comprender actualmente.
Es nuestro deber esforzarnos por entender esta verdad divina lo mejor posible para vivir de acuerdo con ella y armonizar con el plan divino.
También debemos mantener nuestra mente flexible para que, cuando visiones más elevadas y nobles de la Verdad se desplieguen ante nuestros ojos espirituales, estemos preparados para aceptar lo nuevo y dejar atrás lo viejo.
Tal como el Nautilus mencionado por Oliver Wendell Holmes, que construye una pequeña cámara, luego otra más grande, y así sucesivamente, hasta abandonar finalmente la concha que ha superado para continuar una nueva evolución.
Así también debería ser nuestro empeño:
Construye mansiones más majestuosas, oh alma mía,
mientras las veloces estaciones transcurren.
Abandona tu pasado de bóvedas estrechas.
Que cada nuevo templo, más noble que el anterior,
te cubra con una cúpula más amplia,
hasta que al fin seas libre,
dejando tu envejecida concha junto al incansable mar de la vida.
Siguiendo esta política divina de adaptar la verdad a nuestra capacidad de comprensión, diferentes religiones fueron dadas a la humanidad en distintas épocas, cada una adecuada a la clase de personas que debían crecer por medio de ella.
A los chinos les llegó el confucianismo; a los hindúes se les enseñó primero la doctrina de la Trinidad en la Unidad: Brahma, Vishnu y Shiva, el creador, el preservador y el destructor. Estos eran aspectos de la única Divinidad universal, análogos a nuestro Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Después apareció el budismo, al que se ha llamado una religión sin Dios porque enfatiza especialmente la responsabilidad del ser humano sobre sus propias circunstancias.
No pidas nada a los impotentes dioses mediante plegarias o himnos;
no los sobornes con sangre ni los alimentes con frutas o tortas.
Dentro de ti mismo debe buscarse la liberación.
Cada hombre construye su propia prisión.
Cada uno posee poderes semejantes a los de los más elevados seres.
Con dioses alrededor, arriba y abajo,
y con todas las cosas y todo cuanto respira,
los actos producen alegría o dolor.
Así como el hinduismo afirma la existencia de un poder divino superior al ser humano, el budismo afirma la divinidad del propio ser humano.
También encontramos que Moisés, el guía divino que condujo a un pueblo de desarrollo semejante, enfatiza esta misma idea en el llamado «Cántico de Moisés», donde recuerda cómo el pueblo había sido guiado anteriormente por los poderes divinos, pero que a partir de entonces recibiría la libertad y la prerrogativa de forjar su propio destino.
Sin embargo, también les advierte que serían responsables de las consecuencias de sus actos conforme a las leyes dadas por su gobernante divino, aunque invisible.
Gradualmente surgieron otras religiones en Egipto, Persia, Grecia y Roma; asimismo, los países escandinavos del norte recibieron sus sistemas religiosos, los cuales anunciaban en gran medida la más reciente y sublime de todas las religiones: la religión occidental, el cristianismo.
Recientemente hemos celebrado el cierre del drama cósmico que se repite anualmente. Su inicio corresponde al nacimiento místico en Navidad y su culminación a la muerte mística en Pascua.
Poco antes del acto final de la crucifixión descrito en los Evangelios, Cristo compartió la última cena con sus discípulos. Se relata que tomó el pan, lo partió y se lo dio para comer diciendo:
«Este es mi cuerpo».
Luego tomó el vino y todos bebieron de aquella sangre mística.
Después vino la instrucción que debemos observar particularmente:
«Haced esto en memoria de mí hasta que yo vuelva».
Como consecuencia de esta instrucción, durante siglos las comunidades cristianas han celebrado cada domingo la muerte del Señor hasta su regreso, practicando este sagrado rito místico en su memoria.
Ahora supongamos que un extranjero, desconocedor de la religión cristiana y de sus costumbres, llegara a nuestro país y visitara iglesia tras iglesia, encontrando en todas partes comunidades devotas reunidas alrededor de la mesa en afectuoso recuerdo de su Señor.
Si se le explicara el significado de la ceremonia, ¿cómo compararía esos actos de devoción dominical con las acciones de esas mismas comunidades durante los otros seis días de la semana, cuando parece que «la mano de cada hombre está contra la de los demás», contradiciendo directamente el mandamiento dado por aquel Señor a quien rendimos homenaje los domingos?
Él dijo, y en ese mandamiento expresó la nota fundamental del cristianismo:
«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo».
Es fácil sentarse a la mesa del Señor el domingo para comer y beber con Él.
Pero, ¡ay!, qué difícil es cargar su cruz el lunes, negarnos a nosotros mismos para servir y ayudar a otros, en lugar de comportarnos de tal manera que merezcamos la acusación del poeta:
«La inhumanidad del hombre hacia el hombre hace llorar a innumerables miles».
La pregunta «¿Qué es el amor?» parece difícil de responder.
El maravilloso capítulo trece de la Primera Carta a los Corintios nos ofrece una idea, aunque algo abstracta. Necesitamos algo más concreto para aplicarlo a nuestra vida.
Tomemos como ejemplo el amor fraternal dentro de una familia.
Allí los hijos son descendientes de los mismos padres y, por tanto, hermanos y hermanas por lazos de sangre. Dentro del círculo familiar encontramos valiosas enseñanzas para el círculo más amplio de la fraternidad humana.
Uno de los hechos más notables es que, aunque a veces los hermanos discutan o se peleen, el amor permanece. Defenderán a un miembro de la familia, aun cuando estén momentáneamente disgustados con él, con la misma disposición con que defenderían a cualquier otro.
Cuando uno es atacado, los demás acuden en su ayuda.
Si un miembro de la familia comete una acción vergonzosa, sus hermanos no salen a divulgarlo ni se complacen en su desgracia. Más bien intentan encubrir su error y encontrar excusas para él, porque sienten su unidad con esa persona.
Así también deberíamos sentirnos respecto a la gran familia humana si estuviéramos imbuidos del verdadero amor cristiano.
Buscaríamos comprender y ayudar a aquellos a quienes llamamos delincuentes; procuraríamos reformarlos antes que vengarnos de ellos. Reconoceríamos además que aquello que llamamos su desgracia es, en parte, también nuestra.
Cuando uno de nuestros compatriotas alcanza una hazaña notable, sentimos orgullo por ella.
Señalamos con satisfacción a los hijos ilustres de nuestra nación. Por coherencia, también deberíamos sentir vergüenza por quienes han fracasado debido a las condiciones existentes dentro de nuestra familia nacional, pues somos verdaderamente responsables de su caída.
En una familia pequeña, cuando uno de sus miembros muestra talento, normalmente todos se unen para proporcionarle las oportunidades y la educación que permitan desarrollarlo.
En cambio, en la familia nacional solemos obstaculizar a los más prometedores bajo la presión de las necesidades económicas, privándolos del tiempo y los recursos necesarios para alcanzar su potencial.
¡Ojalá comprendiéramos nuestra responsabilidad social y buscáramos, mediante instituciones adecuadas, a aquellos de nuestros pequeños hermanos y hermanas con talentos especiales para cultivarlos en beneficio de toda la humanidad, del mismo modo que ayudamos a quienes hoy despreciamos como criminales!
Pero el amor no consiste en dar indiscriminadamente.
También considera el motivo detrás de cada acto.
Muchas personas alimentan a un mendigo porque les resulta incómodo pensar que otro ser humano tiene hambre. Eso no es necesariamente amor.
A veces puede ser una mayor expresión de amor negarle alimento a un mendigo profesional, aunque nos duela hacerlo, si con ello lo impulsamos a buscar trabajo y convertirse en un miembro útil de la sociedad.
La indulgencia ciega hacia los malos hábitos de otros puede conducirlos por un camino de degradación. Por ello puede ser necesario, aunque resulte desagradable, impedirles seguir deseos insensatos.
Lo importante es que, cualquiera que parezcan ser nuestras acciones desde un punto de vista superficial, estén guiadas por la nota fundamental del cristianismo:
AMOR.
Por la falta de este amor, la Iglesia languidece; la luz sobre el altar casi se ha extinguido. Muchos han partido en busca de la luz en otros lugares.
Y ahí reside otro grave error.
Tal conducta se asemeja a la de la tripulación de un barco que se hunde y que abandona la nave en lugar de hacer todo lo posible por salvarla.
Está bien buscar la luz, pero debe existir el propósito de utilizarla correctamente.
¿Alguna vez ha permanecido junto a una vía férrea en una noche oscura y observado un tren acercándose?
¿Ha notado cómo el potente faro ilumina el camino muy por delante?
¿Cómo, al aproximarse, sus rayos resultan casi cegadores?
¿Y cómo, una vez que pasa, todo vuelve a quedar sumido en la oscuridad?
La luz que brillaba intensamente hacia adelante no dejaba ni un solo rayo hacia atrás; por eso la oscuridad parece aún más profunda.
Hay muchas personas que buscan la luz mística y adquieren gran iluminación, pero, como la locomotora, concentran toda esa luz únicamente en el camino que ellas mismas desean recorrer.
Su único objetivo es alcanzar poderes espirituales para sí mismas.
Están tan concentradas en dicho propósito que ni siquiera perciben la oscuridad que envuelve al resto del mundo.
Pero Cristo nos ordenó dejar brillar nuestra luz; colocarla como una ciudad situada sobre una colina, visible para todos.
Nunca debemos ocultarla, sino permitir que ilumine nuestro entorno hasta donde alcancen sus rayos.
Solo en la medida en que sigamos ese mandato estaremos justificados en buscar la luz mística.
No debemos reservar ni un solo rayo para nuestro beneficio exclusivo.
Más bien debemos esforzarnos cada día por purificarnos, eliminando todo obstáculo a la luz divina interior para que esta pueda fluir plenamente a través de nosotros hacia toda la familia humana que necesita Luz y Amor.
Muchos son llamados, pero pocos son escogidos.
Tomemos esto en serio y seamos tan fervorosos por Cristo en todos nuestros actos y relaciones que verdaderamente podamos ser escogidos:
Escogidos para realizar Su obra de Amor
Traducido de la Revista Rayos de la Rosacruz de Julio del 2015, por la Fraternidad Rosacruz de Mexico, en Amoroso Servicio.