IMITACION DE CRISTO TOMAS DE KEMPIS

IMITACIÓN DE CRISTO

Tomás de Kempis

LIBRO PRIMERO

Contiene avisos provechosos para la vida espiritual

CAPÍTULO I

De la imitación de Cristo y desprecio de todas las vanidades del mundo

Quien me sigue no anda en tinieblas, dice el Señor. Estas palabras son de Cristo, con las cuales nos exhorta a que imitemos su vida y costumbres, si queremos ser verdaderamente iluminados y libres de toda ceguedad del corazón. Sea, pues, todo nuestro estudio pensar en la vida de Jesús.

La doctrina de Cristo excede a la de todos los Santos; y el que tuviese su espíritu, hallará en ella maná escondido. Más acaece que muchos, aunque a menudo oigan el Evangelio, gustan poco de él, porque no tienen el espíritu de Cristo. El que quisiere, pues, entender con placer y perfección las palabras de Cristo, procure conformar con él toda su vida.

¿Qué te aprovecha disputar altas cosas de la Trinidad, si no eres humilde, y con esto desagradas a la Trinidad? Por cierto las palabras sublimes, no hacen al hombre santo ni justo; más la virtuosa vida le hace amable a Dios. Más deseo sentir la contrición, que saber definirla. Si supieses toda la Biblia a la letra, y las sentencias de todos los filósofos, ¿qué te aprovecharía todo, sin caridad y gracia de Dios? Vanidad de vanidades, y todo es vanidad, sino amar y servir solamente a Dios. La suprema sabiduría consiste en aspirar a ir a los reinos celestiales por el desprecio del mundo.

Luego, vanidad es buscar riquezas perecederas y esperar en ellas; también es vanidad desear honras y ensalzarse vanamente. Vanidad es seguir el apetito de la carne y desear aquello por donde después te sea necesario ser castigado gravemente. Vanidad es desear larga vida y no cuidar que sea buena. Vanidad es mirar solamente a esta presente vida y no prever lo venidero. Vanidad es amar lo que tan rápido se pasa y no buscar con solicitud el gozo perdurable.

Acuérdate frecuentemente de aquel dicho de la Escritura: Porque no se haría la vista de ver, ni el oído de oír. Procura, pues, desviar tu corazón de lo visible y traspasarlo a lo invisible; porque los que siguen su sensualidad, manchan su conciencia y pierden la gracia de Dios.

CAPÍTULO II

Cómo ha de sentir cada uno humildemente de sí mismo

Todos los hombres naturalmente desean saber, ¿mas que aprovecha la ciencia sin el temor de Dios? Por cierto, mejor es el rústico humilde que le sirve, que el soberbio filósofo, que dejando de conocerse, considera el curso de los astros. El que bien se conoce, tiénese por vil y no se deleita en loores humanos. Si yo supiera cuanto hay que saber en el mundo, y no tuviese caridad, ¿qué me aprovecharía delante de Dios, que me juzgará según mis obras?

No tengas deseo demasiado de saber, porque en ello se halla gran estorbo y engaño. Los letrados gustan de ser vistos y tenidos por tales. Muchas cosas hay, que saberlas, poco o nada aprovecha al alma; y muy loco es el que en otras cosas entiende, sino en las que tocan a la salvación. Las muchas palabras no hartan el ánima; mas la buena vida le da refrigerio y la pura conciencia causa gran confianza en Dios.

Cuanto más y mejor entiendas, tanto más gravemente serás juzgado si no vivieres santamente. Por esto no te envanezcas si posees alguna de las artes o ciencias; sino que debes temer del conocimiento que de ella se te ha dado. Si te parece que sabes mucho y bien, ten por cierto que es mucho más lo que ignoras. No quieras con presunción saber cosas altas; sino confiesa tu ignorancia. ¿Por qué te quieres tener en más que otro, hallándose muchos más doctos y sabios que tú en la ley? Si quieres saber y aprender algo provechosamente, desea que no te conozcan ni te estimen.

El verdadero conocimiento y desprecio de sí mismo, es altísima y doctísima lección. Gran sabiduría y perfección es sentir siempre bien y grandes cosas de otros, y tenerse y reputarse en nada. Si vieres a alguno pecar públicamente, o comentar culpas graves, no te debes juzgar por mejor que él, porque no sabes hasta cuándo podrás perseverar en el bien. Todos somos frágiles, mas a nadie tengas por más frágil que tú.

CAPÍTULO III

De la doctrina de la verdad

Bienaventurado aquél a quien la verdad por sí misma enseña, no por figuras y voces pasajeras, sino así como ella es. Nuestra estimación y nuestro sentimiento, a menudo nos engañan, y conocen poco. ¿Qué aprovecha la curiosidad de saber cosas obscuras y ocultas, que de no saberlas no seremos en el día del juicio reprendidos? Gran locura es, que dejadas las cosas útiles y necesarias, entendamos con gusto en las curiosas y dañosas. Verdaderamente teniendo ojos no vemos.

¿Qué se nos da de los géneros y especies de los lógicos? Aquél a quien habla el Verbo Eterno se desembaraza de muchas opiniones. De este Verbo salen todas las cosas, y todas predican su unidad, y él es el principio y el que nos habla. Ninguno entiende o juzga sin él rectamente. Aquel a quien todas las cosas le fueren uno, y trajeren a uno, y las viere en uno, podrá ser estable y firme de corazón, y permanecer pacífico en Dios. ¡Oh verdadero Dios! Hazme permanecer unido contigo en caridad perpetua. Enójame muchas veces leer y oír muchas cosas; en ti está todo lo que quiero y deseo; callen los doctores; no me hablen las criaturas en tu presencia; háblame tú solo.

Cuanto más entrare el hombre dentro de sí mismo, y más sencillo fuere su corazón, tanto más y mejores cosas entenderá sin trabajo; porque recibe de arriba la luz de la inteligencia. El espíritu puro, sencillo y constante, no se distrae aunque entienda en muchas cosas; porque todo lo hace a honra de Dios y esfuérzase a estar desocupado en sí de toda sensualidad. ¿Quién más te impide y molesta, que la afición de tu corazón no mortificada? El hombre bueno y devoto, primero ordena dentro de sí las obras que debe hacer exteriormente, y ellas no le inducen deseos de inclinación viciosa; mas él las sujeta al arbitrio de la recta razón. ¿Quién tiene mayor combate que el que se esfuerza a vencerse a sí mismo? Esto debía ser todo nuestro empeño, para hacernos cada día más fuertes y aprovechar en mejorarnos.

Toda perfección en esta vida tiene consigo cierta imperfección; y toda nuestra especulación no carece de alguna obscuridad. El humilde conocimiento de ti mismo es camino más cierto para Dios que escudriñar la profundidad de las ciencias. No es de culpar la ciencia, ni cualquier otro conocimiento de lo que, en sí considerado, es bueno y ordenado por Dios; mas siempre se ha de anteponer la buena conciencia y la vida virtuosa. Porque muchos estudian más para saber que para bien vivir, y yerran muchas veces y poco o ningún fruto sacan.

Si tanta diligencia pusiesen en desarraigar los vicios y sembrar las virtudes como en mover cuestiones, no se verían tantos males y escándalos en el pueblo, ni habría tanta disolución en los monasterios. Ciertamente, en el día del juicio no nos preguntarán qué leímos, sino qué hicimos; ni cuán bien hablamos, sino cuán santamente hubiéramos vivido. Dime, ¿dónde están ahora todos aquellos señores y maestros, que tú conociste cuando vivían y florecían en los estudios? Ya ocupan otros sus puestos, y por ventura no hay quien de ellos se acuerde. En su viviente parecían algo; ya no hay quien hable de ellos.

¡Oh, cuán presto pasa la gloria del mundo! Pluguiera a Dios que su vida concordara con su ciencia, y entonces hubieran estudiado y leído con fruto. ¡Cuántos perecen en el mundo por su vana ciencia, que cuidaron poco del servicio de Dios! Y porque eligen ser más grandes que humildes, se desvanecen en sus pensamientos. Verdaderamente es grande el que tiene gran caridad. Verdaderamente es grande el que se tiene por pequeño y tiene en nada la cumbre de la honra. Verdaderamente es prudente el que todo lo terreno tiene por basura para ganar a Cristo. Y verdaderamente s sabio aquél que hace la voluntad de Dios y renuncia la suya propia.

CAPÍTULO IV

De la prudencia en lo que se ha de obrar

No se debe dar crédito a cualquier palabra ni movimiento interior, mas con prudencia y espacio se deben examinar las cosas según Dios. Mucho es de doler que las más veces se cree y se dice el mal del prójimo, más fácilmente que el bien. ¡Tan débiles somos! Mas los varones perfectos no creen de ligero cualquier cosa que les cuentan, porque saben ser la flaqueza humana presta al mal, y muy deleznable en las palabras.

Gran sabiduría es no ser el hombre inconsiderado en lo que ha de obrar, ni tampoco porfiado en su propio sentir. A esta sabiduría también pertenece no dar crédito a cualesquiera palabras de hombres, ni comunicar luego a los otros lo que se oye o cree. Toma consejo con hombre sabio y de buena conciencia, y apetece más ser enseñado por otro mejor que tú, que seguir tu parecer. La buena vida hace al hombre sabio según Dios, y experimentado en muchas cosas. Cuanto alguno fuese más humilde y más sumiso a Dios, tanto será en todo más sabio y morigerado.

CAPÍTULO V

De la lección de las santas Escrituras

En las santas Escrituras se debe buscar la verdad y no la elocuencia. Toda la Escritura se debe leer con el mismo espíritu que se hizo. Más debemos buscar el provecho en la Escritura que la sutileza de las palabras. De tan buena gana debemos leer los libros sencillos y devotos, como los sublimes y profundos. No te mueva la reputación del que escribe, ni si es de pequeña o gran ciencia; mas convídate a leer el amor de la pura verdad. No mires quien lo ha dicho; mas atiende qué tal es lo que se dijo.

Los hombres pasan, la verdad del Señor permanece para siempre. De diversas maneras nos habla Dios, sin acepción de personas. Nuestra curiosidad nos impide muchas veces el provecho que se saca en leer las Escrituras, por cuanto queremos entender lo que deberíamos pasar sencillamente. Si quieres aprovechar, lee con humildad, fidelidad y sencillez, y nunca desees renombre de sabio. Pregunta de buena voluntad, y oye callando las palabras de los santos, y no te desagraden las sentencias de los ancianos, porque nunca las dicen sin motivo.

CAPÍTULO VI

De los deseos desordenados

Cuantas veces desea el hombre desordenadamente alguna cosa, tantas pierde la tranquilidad. El soberbio y el avariento jamás sosiegan; el pobre y humilde de espíritu viven en mucha paz. El hombre que no es perfectamente mortificado en sí mismo, con facilidad es tentado y vencido, aun en cosas pequeñas y viles. El que es flaco de espíritu, y está inclinado a lo carnal y sensible, con dificultad se abstiene totalmente de los deseos terrenos, y cuando lo hace padece muchas veces tristeza, y se enoja presto si alguno lo contradice.

Pero si alcanza lo que deseaba siente luego pesadumbre, porque le remuerde la conciencia el haber seguido su apetito, el cual nada aprovecha para alcanzar la paz que buscaba. En resistir, pues, a las pasiones, se halla la verdadera paz del corazón, y no en seguirlas. Pues no hay paz en el corazón del hombre que se ocupa en las cosas exteriores, sino en el que es fervoroso y espiritual.

CAPÍTULO VII

Cómo se ha de huir la vana esperanza y la soberbia

Vano es el que pone su esperanza en los hombres o en las criaturas. No te avergüences de servir a otros por amor de Jesucristo y parecer pobre en este mundo. No confíes de ti mismo, mas pon tu parte y Dios favorecerá tu buena voluntad. No confíes en tu ciencia, ni en la astucia de ningún viviente, sino en la gracia de Dios, que ayuda a los humildes y abate a los presuntuosos.

Si tienes riquezas no te gloríes de ellas, ni en los amigos, aunque sean poderosos; sino en Dios que todo lo da, y sobre todo desea darse a sí mismo. No te alucines por la lozanía y hermosa disposición de tu cuerpo, que con una pequeña enfermedad se destruye y afea. No tomes contentamiento de tu habilidad o ingenio, porque no desagrades a Dios, de quien proviene todo bien natural que poseyeres.

No te estimes por mejor que los demás, porque no seas quizá tenido por peor delante de Dios, que sabe lo que hay en el hombre. No te ensoberbezcas de tus obras buenas, porque son muy distintos de los juicios de Dios los de los hombres, al cual muchas veces desagrada lo que a ellos contenta. Si algo bueno hay en ti piensa que son mejores los otros, pues así conservarás la humildad. No te daña si te pospones a los demás, pero es muy dañoso si te antepones a solo uno. Continua paz tiene el humilde; mas en el corazón del soberbio hay emulación y saña muchas veces.

CAPÍTULO VIII

Cómo se ha de evitar la mucha familiaridad

No manifiestes tu corazón a cualquiera, mas comunica tus cosas con el sabio y temeroso de Dios. Con los mancebos y extraños conversa poco. Con los ricos no seas lisonjero, ni desees parecer delante de los grandes. Acompáñate con los humildes y sencillos, y con los devotos y bien acostumbrados, y trata con ellos materias edificantes. No tengas familiaridad con ninguna mujer, mas en general encomienda a Dios y a sus ángeles, y huye de ser conocido de los hombres.

Justo es tener caridad con todos; mas no conviene la familiaridad. Algunas veces acaece, que la persona no conocida resplandece por su buena fama, mas a su presencia nos suele parecer mucho menos. Pensamos algunas veces agradar a los otros con nuestro trato, y al contrario los ofendemos, porque ven en nosotros costumbres poco arregladas.

CAPÍTULO IX

De la obediencia y sujeción

Gran cosa es estar en obediencia, vivir bajo Prelado, y no tener voluntad propia. Mucho más seguro es estar en sujeción que en mando. Muchos están en obediencia más por necesidad que por amor; éstos tienen trabajo, fácilmente murmuran, y nunca tendrán libertad de ánimo, si no se sujetan por Dios de todo corazón. Anda de una parte a otra, no hallarás descanso sino en la humilde sujeción al Prelado. La idea de mudar de lugar ha engañado a muchos.

Verdad es que cada uno se rige de buena gana por su propio parecer, y se inclina más a los que siguen su sentir. Mas si Dios está entre nosotros, necesario es que renunciemos algunas veces a nuestro parecer por el bien de la paz. ¿Quién es tan sabio que lo sepa todo enteramente? Pues no quieras confiar demasiado en tu opinión, mas gusta también de oír de buena gana el parecer ajeno. Si tu parecer es bueno y lo dejas por agradar a Dios y sigues el ajeno, más aprovecharás de esta manera.

Muchas veces he oído decir que es más seguro oír y tomar consejo que darlo. Bien puede también acaecer que sea bueno el parecer de uno; mas no querer sentir con los otros, cuando la razón o las circunstancias lo piden, es señal de soberbia y pertinacia.

CAPÍTULO X

Cómo se ha de cercenar la demasía de las palabras

Excusa cuanto pudieres el bullicio de los hombres, pues mucho estorba el tratar de las cosas del siglo, aunque se haga con buena intención, porque presto somos amancillados y cautivos de la vanidad. Muchas veces quisiera haber callado, y no haber estado entre los hombres. Pero ¿cuál es la causa por qué tan de grado hablamos, y platicamos unos con otros, viendo cuán pocas veces volvemos al silencio sin daño de la conciencia? La razón es, que por el hablar procuramos consolarnos unos con otros, y deseamos aliviar el corazón fatigado de pensamientos diversos; y de muy buena gana nos detenemos en hablar o pensar de las cosas que amamos, y aún de las que tenemos por adversas.

Mas, ¡oh dolor!, que esto se hace muchas veces vanamente y sin fruto; porque esta consolación exterior es de gran detrimento a la interior y divina. Por eso, velemos y oremos, no se nos pase el tiempo en balde. Si se puede y conviene hablar, sea de cosas edificantes. La mala costumbre, y la negligencia en aprovechar, ayuda mucho a la poca guarda de nuestra lengua; pero no poco servirá para nuestro espiritual aprovechamiento la devota plática de cosas espirituales, especialmente cuando muchos de un mismo espíritu y corazón se juntan en Dios.

CAPÍTULO XI

Cómo se debe adquirir la paz, y del celo de aprovechar

Mucha paz tendríamos, si no quisiésemos mezclarnos en los dichos y hechos ajenos que no nos pertenecen. ¿Cómo quiere estar en paz mucho tiempo el que se mezcla en cuidados ajenos, y se ocupa de cosas exteriores, y dentro de sí poco o tarde se recoge? Bienaventurados los sencillos, porque tendrán mucha paz.

¿Cuál fue la causa porque muchos Santos fueron tan perfectos y contemplativos? Porque procuraron mortificarse totalmente en todos sus deseos terrenos; y por eso pudieron con lo íntimo del corazón allegarse a Dios y ocuparse libremente de sí mismos. Nosotros nos ocupamos mucho de nuestras pasiones y tenemos demasiado cuidado de las cosas transitorias. Y como pocas veces vencemos un vicio perfectamente, no nos alentamos para aprovechar cada día en la virtud; por esto permanecemos tibios y aun fríos.

Si estuviésemos perfectamente muertos a nosotros mismos, y libres en lo interior, entonces podríamos gustar las cosas divinas y experimentar algo de la contemplación celestial. El total, y el mayor impedimento es, que no estando libres de nuestras inclinaciones y deseos, no trabajamos por entrar en el camino de los Santos. Y cuando alguna adversidad se nos ofrece, muy prestos nos desalentamos y nos volvemos a las consolaciones humanas.

Si nos esforzásemos más en la batalla peleando como fuertes varones, veríamos sin duda la ayuda del Señor que viene desde el cielo sobre nosotros; porque siempre está dispuesto a socorrer a los que pelean y esperan en su gracia, y nos procura ocasiones de pelear para que alcancemos la victoria. Si solamente en las observancias exteriores ciframos el aprovechamiento de la vida religiosa, presto se nos acabará nuestra devoción. Pongamos la segur a la raíz, para que libres de las pasiones, poseamos pacíficas nuestras almas.

Si cada año desarraigásemos un vicio, presto seríamos perfectos; mas al contrario experimentamos muchas veces, que fuimos mejores y más puros en el principio de nuestra conversión que después de muchos años de profesos. Nuestro fervor y aprovechamiento cada día debe crecer; mas ahora se estima por mucho perseverar en alguna parte del fervor primitivo. Si al principio hiciésemos algún esfuerzo, podríamos después hacerlo todo con ligereza y gozo. Duro es renunciar a la costumbre; pero más duro es ir contra la propia voluntad; mas si no vences las cosas pequeñas y ligeras, ¿cómo vencerás las dificultosas? Resiste en los principios a tu inclinación, y deja la mala costumbre, para que no te lleve poco a poco a mayores dificultades. ¡Oh si supieses cuánta paz gozarías en ti mismo, y cuánta alegría darías a los demás obrando el bien!; yo creo que serías más solícito en el aprovechamiento espiritual.

CAPÍTULO XII

De la utilidad de las adversidades

Bueno es que algunas veces nos sucedan cosas adversas y contratiempos, porque suelen atraer al hombre a su interior para que conociéndose desterrado, no ponga su esperanza en cosa alguna del mundo. Bueno es que padezcamos a veces contradicciones, y que sientan de nosotros mal e imperfectamente, aunque hagamos bien y tengamos buena intención. Estas cosas de ordinario ayudan a la humildad, y nos defienden de la vanagloria; porque entonces mejor buscamos a Dios por testigo interior, cuando por defuera somos despreciados de los hombres y no nos dan crédito.

Por eso debía uno afirmarse de tal manera en Dios, que no le fuese necesario buscar muchas consolaciones humanas. Cuando el hombre de buena voluntad es atribulado, o tentado, o afligido con malos pensamientos, entonces conoce tener de Dios mayor necesidad, experimentando que sin él no puede nada bueno. Entonces también se entristece, gime y ruega por las miserias que padece. Entonces le es molesta la vida larga, y desea llegue la muerte para ser desatado de este cuerpo y unirse con Cristo. Entonces también conoce que no puede haber en el mundo seguridad perfecta, ni paz cumplida.

CAPÍTULO XIII

Cómo se ha de resistir a las tentaciones

Mientras en el mundo vivimos no podemos estar sin tribulaciones y tentaciones; por eso está escrito en Job: Tentación es la vida del hombre sobre la tierra. Por tanto, cada uno debe tener mucho cuidado, velando y orando para que no halle el demonio ocasión de engañarle, que nunca duerme, sino que busca por todos lados nuestra perdición. Ninguno hay tan santo ni tan perfecto, que no tenga algunas veces tentaciones, y no podemos vivir absolutamente libres de ellas.

Mas son las tentaciones muchas veces utilísimas al hombre, aunque sean graves y pesadas; porque en ellas es uno humillado, purificado y enseñado. Todos los Santos pasaron por muchas tribulaciones y tentaciones, y por su medio aprovecharon en la virtud; y los que no las quisieron sufrir y llevar bien, se hicieron réprobos y desfallecieron. No hay religión tan santa, ni lugar tan retirado, donde no haya tentaciones y adversidades.

No hay hombre seguro del todo de tentaciones mientras vive, porque en nosotros mismos está el germen de ellas, pues que nacimos con la inclinación al pecado. Después de pasada una tentación o tribulación, sobreviene otra, y siempre tendremos que sufrir, porque desde el principio se perdió el bien de nuestra felicidad. Muchos quieren huir las tentaciones, y caen en ellas más gravemente. No se puede vencer con solo huir. Con la paciencia y la verdadera humildad nos hacemos más fuertes que todos los enemigos.

El que solamente quita lo que se ve y no arranca la raíz, poco aprovechará, antes tornarán a él más presto y con más violencia las tentaciones. Poco a poco, con paciencia y larga esperanza, mediante el favor divino, vencerás mejor que no con tu propio conato y fatiga. Toma muchas veces consejo en las tentaciones, y no seas desabrido con el que está tentado, antes procura consolarle como tú quisieras te consolaran.

El principio de toda tentación es no ser uno constante y tener poca confianza en Dios; porque así como la nave sin gobernarle la llevan a una y otra parte las ondas, del mismo modo, el hombre descuidado que desiste de su propósito, es tentado de diversas maneras. El fuego prueba al hierro, y la tentación al justo. Muchas veces no sabemos lo que podemos, mas la tentación descubre lo que somos. Debemos pues velar, principalmente al principio de la tentación; porque entonces más fácilmente es vencido el enemigo, cuando no le dejamos pasar de la puerta del alma, y se le resiste al umbral luego que toca, por lo cual dijo uno: Resiste a los principios; tarde viene el remedio, cuando la llaga es muy vieja. Porque primeramente se ofrece al alma sólo el pensamiento sencillo, después la importuna imaginación, luego la delectación, el movimiento desordenado y el consentimiento, y así se entra poco a poco el maligno enemigo, y se apodera de todo, por no resistirle al principio. Y cuanto más tiempo fuere uno perezoso en resistir, tanto se hace cada día más débil, y el enemigo, contra él, más fuerte.

Algunos padecen graves tentaciones al principio de su conversión, otros al fin, otros casi toda su vida. Algunos son tentados blandamente, según la sabiduría y juicio de Dios, que mide el estado y los méritos de los hombres, y todo lo tiene ordenado para la salvación de los escogidos.

Por eso no debemos desconfiar cuando somos tentados; antes bien debemos rogar a Dios con mayor fervor, que sea servido de ayudarnos en toda tribulación, pues según el dicho de San Pablo, nos dará tal auxilio junto con la tentación, que la podamos sufrir. Humillemos, pues, nuestras almas bajo la mano de Dios en toda tribulación y tentación, porque él salvará y engrandecerá los humildes de espíritu.

En las tentaciones y adversidades se ve cuánto uno ha aprovechado, porque entonces es mayor el merecimiento y se conoce mejor la virtud. No es mucho ser un hombre devoto y fervoroso cuando se siente pesadumbre; mas si en el tiempo de la adversidad sufre con paciencia, es señal y da esperanza de gran provecho. Algunos hay que no caen en las grandes tentaciones, y son vencidos a menudo en las pequeñas, para que se humillen y no confíen de sí en cosas grandes, viéndose débiles en las pequeñas.

CAPÍTULO XIV

Cómo se deben evitar los juicios temerarios

Pon los ojos en ti mismo y guárdate de juzgar las acciones ajenas. En juzgar a otros se ocupa uno en vano, yerra muchas veces, y peca fácilmente; mas juzgándose y examinándose a sí mismo, se emplea siempre con fruto. Muchas veces sentimos de las cosas según nuestro juicio, y fácilmente perdemos el verdadero juicio de ellas por el amor propio. Si fuese Dios siempre el fin puramente de nuestro deseo, no nos turbaría tan presto la contradicción de la sensualidad.

Muchas veces tenemos algo adentro escondido, o de afuera se ofrece, cuya afición nos lleva tras sí. Muchos buscan secretamente su propia comodidad en las obras que hacen, y no lo entienden. También les parece estar en paz cuando se hacen las cosas a su voluntad y gusto; mas si de otra manera suceden, presto se alteran y entristecen. Por la diversidad de los pareceres muchas veces se levantan discordias entre los amigos y convecinos, entre los religiosos y devotos.

La costumbre antigua con dificultad se quita, y ninguno deja de buena gana su propio parecer. Si en tu razón e industria estribas más que en la virtud de la sujeción de Jesucristo, rara vez y tarde serás iluminado; porque quiere Dios que nos sujetemos a él perfectamente, y que trascendamos toda razón inflamados de su amor.

CAPÍTULO XV

De las obras que proceden de la caridad

No se debe hacer lo que es malo por ninguna cosa del mundo; ni por amor de alguno; mas por el provecho del necesitado, alguna vez se puede diferir la buena obra o trocarla por otra mejor. De esta suerte no se pierde, antes se muda en otra mejor. La obra exterior sin caridad no aprovecha; mas todo cuanto se hace con caridad, por poco que sea, se hace fructuoso, pues más mira Dios al corazón que a la obra misma.

Mucho hace el que mucho ama, y mucho hace el que en todo hace bien, y bien hace el que atiende más al bien común que a su voluntad propia.

Muchas veces parece caridad lo que es amor propio; porque la inclinación de la naturaleza, la propia voluntad, la esperanza de la recompensa, el gusto de la comodidad, pocas veces nos abandonan.

El que tiene verdadera y perfecta caridad, no se busca a sí mismo en cosa alguna; mas sólo desea que sea Dios glorificado en todas las cosas. De nadie tiene envidia, porque ama algún placer particular, ni se quiere gozar en sí; más desea sobre todas las cosas gozar de Dios. A nadie atribuye ningún bien; mas refiérelo todo a Dios, del cual, como de primera fuente, emanan todas las cosas, y en quien finalmente todos los santos descansan con perfecto gozo. ¡Oh quien tuviese una centella de verdadera caridad! Por cierto que sentiría estar todas las cosas mundanas llenas de vanidad.

CAPÍTULO XVI

Cómo se han de sufrir los defectos ajenos

Lo que no puede un hombre enmendar en sí ni en los otros, débelo sufrir con paciencia, hasta que Dios lo ordene de otro modo. Piensa que por ventura te conviene esto mejor para probar tu paciencia, sin la cual no son de mucha estimación nuestros merecimientos. Mas debes rogar a Dios por estos estorbos, porque tenga por bien de socorrerte para que los toleres.

Si alguno, amonestado una vez o dos no se enmendare, no porfíes con él; mas encomiéndalo todo a Dios, para que se haga su voluntad, y él sea honrado en todos sus siervos, que sabe sacar de los males bienes. Estudia y aprende a sufrir con paciencia cualesquier defectos y flaquezas ajenas, pues que tú también tienes mucho en que te sufran los demás. Si no puedes hacerte a ti cual deseas, ¿cómo quieres tener a otro a la medida de tu deseo? De buena gana queremos a los otros perfectos, y no enmendamos los defectos propios.

Queremos que los otros sean castigados con rigor, y nosotros no queremos ser corregidos. Parécenos mal si a los otros se les da larga licencia, y nosotros no queremos que cosa alguna se nos niegue. Queremos que los otros sean oprimidos con estrechos estatutos, y en ninguna manera sufrimos que nos sea prohibida cosa alguna. Así parece claro cuán pocas veces amamos al prójimo como a nosotros mismos. Si todos fuesen perfectos ¿qué tendrías que sufrir por Dios a tus hermanos?

Pero así lo ordenó Dios, para que aprendamos a llevar las cargas ajenas; porque no hay ninguno sin defecto, ninguno sin carga, ninguno es suficiente ni cumplidamente sabio para sí; importa llevarnos, consolarnos y juntamente ayudarnos unos a otros, instruirnos y amonestarnos. Nada descubre mejor la sólida virtud del hombre, que la adversidad; porque las ocasiones no hacen al hombre débil, mas declaran que lo es.

CAPÍTULO XVII

De la vida Monástica

Conviene que aprendas a reprimirte en muchas cosas, si quieres tener paz y concordia con otros. No es poco morar en los Monasterios o Congregaciones, y allí conversar sin quejas, y perseverar fielmente hasta la muerte. Bienaventurado es el que vive allí bien y acaba dichosamente. Si quieres estar bien y aprovechar, mírate como desterrado y peregrino sobre la tierra. Conviene hacerte simple por Jesucristo, si quieres seguir la vida religiosa.

El hábito y la corona poco hacen; la mudanza de las costumbres y la entera mortificación de las pasiones son las que hacen al hombre verdadero religioso. El que busca algo fuera de Dios y de la salvación de su alma, no hallará sino tribulación y dolor. No puede estar mucho tiempo en paz el que no procura ser el menor y el más sujeto a todos.

Viniste a servir y no a mandar; persuádete que fuiste llamado para trabajar y padecer, no para holgar y hablar, pues aquí se prueban los hombres como el oro en el crisol, aquí no puede nadie permanecer si no quiere de todo corazón humillarse por Dios.

CAPÍTULO XVIII

De los ejemplos de los Santos Padres

Considera bien los heroicos ejemplos de los Santos Padres, en los cuales resplandece la verdadera perfección y religión, y verás cuán poco o casi nada es lo que hacemos. ¡Ay! ¿qué es nuestra vida consagrada con la suya? Los Santos y amigos de Cristo sirvieron al Señor en hambre, en sed, en frío, en desnudez, en trabajos, en fatigas, y vigilias y ayunos, en oraciones y santas meditaciones, en persecuciones y en muchos oprobios.

¡Oh, cuántas y cuán graves tribulaciones padecieron los Apóstoles, los Mártires, los Confesores, las Vírgenes, y todos los demás que quisieron seguir las pisadas de Jesucristo, pues en esta vida aborrecieron sus almas, para poseerlas en la eterna! ¡Oh cuán estrecha y austera vida hicieron los Santos Padres en el desierto! ¡Cuán largas y graves tentaciones padecieron! ¡Cuán de ordinario fueron atormentados del enemigo! ¡Cuán continuas y fervorosas oraciones ofrecieron a Dios! ¡Cuán rigurosas abstinencias practicaron! ¡Cuán gran celo y favor tuvieron en su aprovechamiento espiritual! ¡Cuán fuertes combates sostuvieron para vencer los vicios! ¡Cuán pura y recta intención tuvieron para con Dios! De día trabajaban, y las noches ocupaban en larga oración, aunque trabajando no cesaban de orar mentalmente.

Todo el tiempo gastaban obrando el bien; las horas les parecían cortas para dedicarse a Dios, y la gran dulzura que experimentaban en la contemplación les hacía olvidar la necesidad del mantenimiento corporal. Renunciaban a todas las riquezas, honores, dignidades, parientes y amigos, ninguna cosa querían del mundo, apenas tomaban lo necesario para la vida, y repugnaban servir a su cuerpo aun en las cosas necesarias. De modo que eran pobres de lo temporal, pero riquísimos en gracia y virtudes. En lo exterior eran necesitados; pero en lo interior estaban abastecidos de la gracia y recreados con divinas consolaciones.

Extraños eran al mundo, pero muy allegados y familiares amigos de Dios. Teníanse por nada en cuanto a sí mismos, y para con el mundo eran despreciados; mas en los ojos de Dios fueron muy preciosos y amados. Se conservaban en obediencia, caminaban por la senda de la caridad y la paciencia, y por eso cada día crecían en el espíritu, y alcanzaban mucha gracia delante de Dios. Fueron puestos por dechados a todos los religiosos; y más nos deben ellos mover para aprovechar en el bien, que la muchedumbre de los tibios para relajarnos.

¡Oh tibieza y negligencia de nuestro estado, qué tan presto declinamos del primitivo fervor, y nos es molesto el vivir por nuestra laxitud y tibieza! ¡Pluguiese a Dios que no durmiese en ti el deseo de aprovechar en las virtudes, habiendo visto muchas veces los ejemplos de tantos varones piadosos!

CAPÍTULO XIX

De los ejercicios que debe practicar el buen religioso

La vida del buen religioso debe resplandecer en toda suerte de virtudes, siendo tal en lo interior cual parece en lo de afuera. Y con razón debe ser más en lo interior que lo que se mira exteriormente, porque quien nos mira es Dios, a quien debemos suma reverencia donde quiera que estuviéremos, y ante el cual nos hemos de presentar tan puros como los ángeles. Cada día debemos renovar nuestro propósito y excitarnos a mayor fervor, como si fuese el primero de nuestra conversión, y decir: Señor Dios mío, ayúdame en mi buen propósito y en tu santo servicio, y dame gracia para que comience hoy perfectamente, porque es nada cuanto hice hasta aquí.

Según es nuestro propósito, así es nuestro aprovechar, y quien quiere aprovechar bien, ha menester ser muy diligente. Si el que propone firmemente falta muchas veces ¿qué hará el que tarde o nunca propone? Acaece de diversos modos el dejar nuestro propósito, y faltar con facilidad en los ejercicios que se tiene de costumbre pocas veces deja de ser dañoso. El propósito de los justos más pende de la gracia de Dios que del saber propio, y en él confían siempre en cualquier cosa que emprenden; porque el hombre propone, mas Dios dispone, y no está en manos del hombre su camino.

Si se deja alguna vez el ejercicio acostumbrado por piedad o por provecho del prójimo, esta omisión se puede reparar fácilmente, mas si, por fastidio o negligencia, ligeramente se deja, muy culpable es, y resultará en nuestro daño. Esforcémonos cuanto pudiéremos, que aun así caeremos en muchas faltas con facilidad; pero algún fin determinado debemos siempre proponernos, y principalmente se han de remediar las cosas que más estorban nuestro aprovechamiento. Debemos examinar y ordenar todos nuestros actos exteriores e interiores, porque unos y otros convienen para el aprovechamiento espiritual.

Si no puedes continuamente estar recogido, siquiera recógete algunos ratos, por lo menos una vez al día. Por la mañana haz tus propósitos, y a la noche examina tus obras, qué tal ha sido este día tu conducta en obras, palabras y pensamientos, porque puede ser que ofendiste a Dios y al prójimo muchas veces en ello. Ármate como varón contra la malicia del demonio. Refrena la gula y fácilmente refrenarás toda inclinación de la carne. Nunca estés del todo ocioso; lee, escribe, reza o medita, o haz algo de provecho para la comunidad. Pero los ejercicios corporales se deben tomar con discreción, porque no son igualmente para todos.

Los ejercicios particulares no se deben hacer públicamente, porque son más seguros para el secreto. Guárdate, no seas más presto para lo particular que para lo común; pero cumplido bien y fielmente lo que te está encomendado, si tienes lugar, entra dentro de ti como desea tu devoción. No podemos todos ejercitar una misma cosa; unas convienen más a unos, y otras a otros. Según el tiempo nos son más a propósitos diversos ejercicios; unos son para los días de fiesta, otros para los días de trabajo; convienen otros para el tiempo de la tentación, y otros para el de la paz y el sosiego. En unas cosas nos agrada pensar cuando estamos tristes, y en otras cuando estamos alegres en el Señor.

En las fiestas principales debemos renovar nuestros buenos ejercicios, e invocar con mayor fervor la intercesión de los Santos. De fiesta en fiesta debemos proponer algo, como si entonces hubiésemos de salir de este mundo y llegar a la eterna festividad. Por eso debemos prepararnos con cuidado en los tiempos de devoción, conversar más devotamente, y guardar toda observancia con más rigor, como quien ha de recibir en breve de Dios el premio de sus trabajos.

Y si se dilatare, creamos que no estamos bastante preparados, y que aun somos indignos de tanta gloria, como si se declarara a nosotros acabado el tiempo de la vida, y estudiemos en prepararnos mejor para la muerte. Bienaventurado el siervo, dice el Evangelista San Lucas, que cuando viniere el Señor, le hallare velando; en verdad os digo, que le constituirá sobre todos sus bienes.

CAPÍTULO XX

Del amor a la soledad y silencio

Busca tiempo competente para dedicarte a ti mismo, y piensa a menudo en los beneficios de Dios. Deja las cosas meramente curiosas, y lee aquellas materias que te den más compunción que ocupación. Si te apartares de pláticas superfluas, de estar ocioso y de oír novedades y murmuraciones, hallarás tiempo suficiente y a propósito para darte a la meditación de las cosas divinas. Los mayores Santos evitaban cuanto podían la compañía de los hombres y elegían el servir a Dios en su retiro.

Dijo uno: Cuantas veces estuve entre los hombres, volví menos hombre; lo cual experimentamos cada día cuando hablamos mucho. Más fácil cosa es callar siempre, que hablar sin errar; más fácil es ocultarse en su casa, que guardarse del todo fuera de ella. Por esto al que aspira a la vida interior y espiritual le conviene apartarse con Jesucristo de la multitud. Ninguno se crea seguro en público, sino el que se esconde voluntariamente. Ninguno habla con acierto, sino el que calla de buena gana. Ninguno preside dignamente, sino el que se sujeta con gusto. Ninguno manda con razón, sino el que aprendió a obedecer sin replicar.

Nadie se goza seguramente sino quien tiene en sí el testimonio de la buena conciencia, pues la seguridad de los Santos siempre estuvo llena de temor de Dios. Ni por eso fueron menos solícitos y humildes, aunque resplandecían en grandes virtudes y gracias; pero la seguridad de los malos nace de la soberbia y presunción. Nunca te tengas por seguro en esta vida, aunque parezcas buen religioso o devoto ermitaño.

Los muy estimados por buenos, muchas veces cayeron en graves peligros por su mucha confianza; por lo cual es utilísimo a muchos, el que no le falten del todo tentaciones, y que sean muchas veces combatidos, para que no confíen mucho de sí propios, y para que no se ensoberbezca, ni se entreguen demasiadamente a los consuelos exteriores. ¡Oh quien nunca buscase alegría transitoria, ni jamás se ocupase del mundo! ¡Cuán pura conservaría su conciencia! ¡Oh quien, apartando de sí todo vano cuidado, y pensando solamente en las cosas saludables y divinas, pusiese toda su esperanza en Dios! ¡Cuánta paz y sosiego poseería! Ninguno es digno de la consolación celestial, sino el que se ejercitare con diligencia en la santa contrición. Si quieres arrepentirte de corazón, entra en tu retiro y destierra de ti todo bullicio del mundo, según está escrito: Compungíos en vuestros retiramientos. En la celda hallarás lo que fuera pierdes muchas veces. El rincón usado se hace dulce, y el poco usado causa enfado. Si al principio de tu conversión le guardares bien, te será, después tu recogimiento, un dulce amigo y tu más agradable consuelo.

En el silencio y sosiego se aprovecha el alma devota y penetra los secretos de las Escrituras. Allí halla arroyos de lágrimas con que purificarse todas las noches, para que sea tanto más familiar a su Hacedor, cuanto más se desviare del tumulto del siglo; pues el que se aparta de amigos y conocidos, estará más cerca de Dios y de sus santos ángeles. Mejor es esconderse y cuidar de sí, que con descuido propio hacer milagros. Muy loable es al hombre religioso salir pocas veces, huir de ser visto y no querer ver a los hombres.

¿Para qué quieres ver lo que no te conviene tener? El mundo pasa, y con él sus deleites. Los deseos sensuales nos llevan a pasatiempos, mas pasada aquella hora, ¿qué nos queda sino pesadumbre de conciencia y disipación del corazón? La salida alegre causa muchas veces triste vuelta, y la alegre tarde hace triste mañana; así todo gozo carnal entra blandamente, mas al cabo muerde y mata. ¡Qué puedes ver en otro lugar que aquí no lo veas! Aquí ves el cielo y la tierra y todos los elementos, y de éstos fueron hechas todas las cosas.

¿Qué puedes ver en ningún lugar que permanezca mucho tiempo debajo del sol? ¿Piensas satisfacer tu apetito? Pues no lo alcanzarás. Si vieses todas las cosas delante de ti, ¿qué sería sino de tu vista vana? Alza tus ojos a Dios en el cielo, y ruega por tus pecados y negligencias. Deja lo vano a los vanos, y tú ten cuidado de lo que manda Dios. Cierra tu puerta sobre ti, y llama a tu amado Jesús; permanece con él en tu celda, porque no hallarás en otro lugar tanta paz. Si no salieras, ni oyeras nuevas, mejor perseverarás en santa paz. Pues te huelgas de oír algunas veces novedades, necesario es que sufras después turbaciones del corazón.

CAPÍTULO XXI

Del remordimiento del corazón

Si quieres aprovechar algo, consérvate en el temor de Dios y no quieras ser muy libre; mas por medio de la disciplina refrena todos tus sentidos, y no te des a vanos contentos. Date a la compunción y te hallarás devoto. La compunción descubre muchos bienes que la relajación suele perder en breve. Maravilla es que el hombre se pueda alegrar perfectamente en esta vida, considerando su destierro, y pensando los peligros de su alma.

Por la liviandad del corazón, y por el descuido de nuestros defectos, no sentimos los males de nuestra alma; mas muchas veces reímos, cuando deberíamos llorar. No hay verdadera libertad, ni buena alegría, sino en el temor de Dios con buena conciencia. Bienaventurado aquel que puede desviarse de todo motivo de distracción y recogerse a lo interior de una santa compunción. Bienaventurado el que renunciare todas las cosas que pueden mancillar o agravar su conciencia. Pelea como varón; una costumbre vence a otra. Si sabes separarte de los hombres, ellos te dejarán hacer tus buenas obras.

No te ocupes en cosas ajenas, ni te entremetas en las cosas de los mayores. Mira primero por ti, y amonéstate a ti mismo más especialmente que a todos cuantos quieres bien.

Si no eres favorecido de los hombres, no te entristezcas. Dete pena el que no tienes tanto cuidado de mirar por ti, como conviene al siervo de Dios y al devoto religioso. Muy útil y seguro es que el hombre no tenga en esta vida muchas consolaciones, mayormente según la carne; mas no sentir o gustar las divinas, culpa es de que no buscamos la contrición y ternura de corazón, ni desechamos del todo las vanas consolaciones de los sentidos.

Conócete por indigno de la divina consolación, y más bien digno de ser atribulado. Cuando el hombre tiene perfecta contrición, luego le es grave y amargo el mundo entero. El virtuoso siempre halla bastante materia para dolerse y llorar; porque ora se mire a sí, ora piense en su prójimo, sabe que ninguno vive aquí abajo sin tribulaciones y cuanto más atentamente se mira, tanto más halla por qué dolerse. Materia de justo dolor y entrañable contrición son nuestros pecados y vicios, en que estamos tan sumergidos, que casi no podemos contemplar lo celestial.

Si continuamente pensases, más en tu muerte que en vivir largo tiempo, no hay duda que te enmendarías con mayor fervor. Si pusieses también delante de tu corazón las penas del infierno o del purgatorio, creo que de muy buena gana sufrirías cualquier trabajo y dolor, y no rehusarías ninguna aspereza, mas como estas cosas no penetran al corazón, y amamos siempre el regalo, nos quedamos fríos y perezosos.

Muchas veces la falta de espíritu hace que se queje con tanta facilidad el cuerpo miserable. Ruega, pues, con humildad al Señor, que te dé espíritu de contrición, y di con el Profeta: Dame, Señor, a comer del pan de lágrimas, y dame a beber las lágrimas en medida.

CAPÍTULO XXII

Consideración de la miseria humana

Miserable serás donde quiera que fueres y donde quiera que te volvieres, si no te conviertes a Dios. ¿Por qué te turbas, si no te sucede lo que quieres y deseas? ¿Quién es el que tiene todas las cosas a su voluntad? Por cierto ni yo, ni tú, ni hombre alguno sobre la tierra. No hay hombre en el mundo sin tribulación o angustia, aunque sea Rey o Papa. ¿Pues quién es el que está mejor? Ciertamente el que puede padecer algo por Dios.

Dicen muchos imbéciles y flacos: Mirad cuán buena vida tiene aquel hombre, cuán rico es, cuán poderoso, cuán gran señor; mas tú eleva la consideración a los bienes del cielo, y verás que todas estas cosas temporales nada son, antes muy inestables y molestas, porque nunca las poseemos sin cuidado y temor. No está la felicidad del hombre en tener abundancia en lo temporal, bástale la medianía. Verdadera miseria es vivir sobre la tierra. Cuanto el hombre quisiera ser más espiritual, tanto le será más amarga la vida presente, porque siente mejor y ve más claro los defectos de la corrupción humana. Porque el comer, beber, velar, dormir, descansar, trabajar, y estar sujeto a las necesidades naturales, en verdad es grandísima miseria y pesadumbre al hombre devoto, el cual desea ser desatado de este cuerpo y libre de toda culpa.

Porque el hombre interior está muy gravado, con las necesidades corporales en este mundo, por esto ruega devotamente el Profeta a Dios que le libre de ellas diciendo: Líbrame, Señor, de mis necesidades. Mas ¡ay de los que no conocen su miseria! y mucho más ¡ay de los que aman esta vida miserable y corruptible! Porque hay algunos tan apegados a ella, que aunque con mucha dificultad, trabajando o mendigando adquieren lo necesario, si pudiesen vivir aquí siempre, no se cuidarían del reino de Dios.

¡Oh locos y de corazón infiel, que tan profundamente se envuelven en la tierra, que no gustan sino de las cosas carnales! Mas en el fin sentirán gravemente cuán vil y vano era lo que amaron. Los Santos de Dios, y los devotos y amigos de Cristo no tenían cuenta de lo que agradaba a la carne, ni de lo que florecía en esta vida temporal; mas toda su esperanza e intención se dirigía a los bienes eternos. Todo su deseo se elevaba a lo que permanece y que no se ve, porque no fuesen abatidos hacia lo ínfimo con el amor de lo visible. No quieras, hermano, perder la esperanza de aprovechar en las cosas espirituales; aun tienes tiempo y hora para ello.

¿Por qué quieres dilatar tu propósito? Levántate y comienza en este momento y di: Ahora es tiempo de obrar, ahora es tiempo de pelear, ahora es tiempo conveniente para enmendarme. Cuando no estás tranquilo y tienes alguna tribulación, entonces es tiempo de merecer. Conviene que pases por fuego y por agua, antes que llegues al descanso. Si no te haces violento no vencerás el vicio. Mientras estamos en este frágil cuerpo, no podemos estar enteramente sin pecado, ni vivir sin fatiga y dolor. De buena gana descansaríamos de toda miseria; mas como perdimos la inocencia con el pecado, perdimos con ella la verdadera felicidad. Por eso nos importa tener paciencia, y esperar la misericordia de Dios, hasta que se acabe esta malicia que reina ahora, y la vida destruya a la muerte.

¡Oh cuánta es la flaqueza humana, siempre inclinada a los vicios! Hoy confiesas tus pecados, y mañana vuelves a cometerlos. Ahora propones de guardarte, y de aquí una hora obras como si nada hubieras propuesto. Con razón nos podemos humillar, y no sentir de nosotros cosa grande, pues somos tan débiles y tan mudables. Por cierto, presto se puede perder por descuido, lo que dificultosamente y con mucho trabajo se ganó por la gracia.

¿Qué será de nosotros al fin, pues ya tan pronto nos entibiamos? ¡Ay de nosotros si así queremos ir al descanso, como si ya tuviésemos paz y seguridad, cuando aun no se descubre señal de verdadera santidad en nuestra conducta! Bien sería que aun fuésemos instruidos otra vez, como niños, en buenas costumbres, si por ventura hubiese alguna esperanza de enmienda, y de mayor aprovechamiento espiritual.

CAPÍTULO XXIII

Del pensamiento de la muerte

Muy presto te ocupará este negocio, por eso debes mirar cómo vives. Hoy es el hombre, y mañana no parece. En quitándolo de la vista, se borra presto también de la memoria. ¡Oh torpeza y dureza del corazón humano, que solamente piensa en lo presente, sin cuidarse de lo venidero! Así deberías conducirte en toda acción y pensamiento, como si luego hubiese de morir. Si tuviese buena conciencia, no temerías mucho la muerte. Mejor fuera evitar los pecados que huir de la muerte. Si hoy no estás preparado, ¿cómo lo estarás mañana? El día de mañana es incierto, ¿y sabes tú si amanecerás a otro día?

¿Qué aprovecha vivir mucho, cuando tan poco nos enmendamos? La larga vida no siempre corrige, antes muchas veces añade pecados. ¡Ojalá hubiésemos vivido siquiera un día bien en este mundo! Muchos cuentan los años de su conversión; pero muchas veces es poco el fruto de la enmienda. Si es temible el morir, acaso sea más peligroso el vivir mucho. Bienaventurado el que tiene siempre presente la hora de la muerte, y se prepara cada día a morir. Si viste morir a alguno, piensa que por aquel camino has de pasar.

En la mañana piensa que no llegarás a la noche, y cuando llegue ésta no te prometas la mañana. Por eso está siempre dispuesto, y vive de tal manera que nunca te halle la muerte desapercibido. Muchos mueren de repente, porque en la hora que no se piensa vendrá el Hijo del Hombre. Cuando viniere aquella hora postrera, muy de otra suerte comenzarás a sentir de toda tu vida pasada, y te dolerás mucho por haber sido tan negligente y perezoso.

¡Cuán feliz y prudente es el que vive de tal modo, cual desea le halle Dios en la hora de la muerte! Porque el absoluto desprecio del mundo, el ardiente deseo de aprovechar en las virtudes, el amor a la disciplina, el trabajo de la penitencia, la prontitud de la obediencia, el renunciarse a sí mismo, la paciencia en toda adversidad por amor de nuestro Señor Jesucristo, gran confianza le darán de morir felizmente. Mucho bueno podrás obrar cuando estás sano, mas cuando enfermo no sé qué podrás. Pocos se enmiendan con la enfermedad; y los que hacen muchas romerías, pocas veces son santificados.

No confíes en amigo y allegados, ni dilates en asegurar tu salvación para lo porvenir, porque más presto de lo que piensas estarás olvidado de los hombres. Mejor es ahora con tiempo prevenir algunas buenas obras que envíes adelante, que esperar en el auxilio de otros. Si no eres solícito para ti ahora, ¿quién cuidará de ti después? Ahora es el tiempo precioso, ahora son los días de salud, ahora es el tiempo agradable, pero ¡oh dolor! que los gasta sin aprovecharte, pudiendo en él ganar la vida eterna. Vendrá tiempo en que desearás un día, o una hora para enmendarte, y no sé si te será concedida.

¡Oh carísimo hermano, de cuántos peligros te podría librar, y de cuán grave espanto salir, si siempre estuviese temeroso y receloso de la muerte! Trata ahora de vivir de modo, que en la hora de la muerte puedas antes alegrarte que temer. Aprende ahora a morir al mundo, para que después comiences a vivir con Cristo. Aprende ahora a despreciar todas las cosas, para que entonces puedas ir libremente a él. Castiga ahora con paciencia tu cuerpo, para que entonces puedas tener segura confianza.

¡Oh loco! ¿Por qué pensar vivir mucho, no teniendo un día seguro? ¡Cuántos han sido engañados y apartados del cuerpo cuando no lo pensaban! ¡Cuántas veces oíste contar que uno murió a puñaladas, otro se ahogó, otro cayó de alto y se rompió la cabeza, otro comiendo se quedó yerto, a otro jugando le llegó su fin; uno murió con fuego, otro con hierro, otro de peste, otro a mano de ladrones! pues la muerte es el fin de todos, y la vida de los hombres se pasa súbitamente como sombra.

¿Quién se acordará de ti, y quién rogará por ti después de muerto? Ahora, hermano, haz lo que pudieres, que no sabes cuándo morirás, ni lo que será de ti después de la muerte. Ahora que tienes tiempo, atesora riquezas inmortales, no pienses sino en tu salvación, y cuida solamente de las cosas de Dios. Hazte amigos de entre los Santos, honrándolos e imitando sus obras, para que cuando salieres de esta vida, te reciban en las moradas eternas.

Trátate como huésped y peregrino sobre la tierra, a quien no le va nada en los negocios del mundo. Guarda tu corazón libre y elevado a Dios, porque aquí no tienes ciudad permanente. Dirige allí diariamente tus oraciones, tus gemidos y tus lágrimas, porque merezca tu espíritu, después de la muerte, pasar dichosamente al Señor.

CAPÍTULO XXIV

Del juicio y de las penas de los pecados

Mira el fin de todas las cosas, y de qué modo te presentará delante de aquel rectísimo Juez, al cual no hay cosa encubierta, ni se aplaca con dones, ni admite excusas, sino que juzgará en justicia. ¡Oh ignorante y miserable pecador! ¿Qué responderás a Dios, que sabe todas tus maldades? Tú, que temes a las veces el rostro de un hombre airado, ¿por qué no te previenes para el día del juicio, cuando no habrá quién defienda ni ruegue por otro, sino que cada uno tendrá que hacerlo por sí? Ahora tu trabajo es fructuoso, tu llanto aceptable, tus gemidos se oyen, tu dolor es satisfactorio.

Grave y saludable purgatorio, tiene aquí el hombre sufrido, que recibiendo injurias, se duele más de la malicia del injuriador, que de su propia ofensa. Él ruega a Dios por sus contrarios de buena gana y de corazón perdona los agravios, y no tarda en pedir perdón a cualquiera, y más fácilmente tiene misericordia que se indigna. Él se hace violencia muchas veces, y procura sujetar del todo su carne al espíritu. Mejor es ahora purgar los pecados y cortar los vicios, que dejar su expiación para lo venidero. Por cierto, nosotros nos engañamos a nosotros mismos por el amor desordenado que nos tenemos.

¿En qué otra cosa se cebará aquel fuego sino en tus pecados? Cuanto más aquí te perdonas y sigues tu propio amor, tanto más gravemente después serás atormentado, pues guardas mayor materia para quemarte. En lo mismo que pecó el hombre, será más gravemente castigado. Allí los perezosos serán punzados con aguijones ardientes, y los golosos serán atormentados con gravísima hambre y sed. Allí los lujuriosos y amadores de deleites serán bañados con pez ardiente y fétido azufre, y los envidiosos aullarán en su dolor como perros rabiosos.

No habrá vicio que no tenga su propio tormento. Allí los soberbios estarán llenos de confusión, y los avarientos serán oprimidos con miserable necesidad. Allí será más grave pasar una hora de tormento, que aquí cien años de penitencia amarga. Allí no hay sosiego ni consolación para los condenados; mas aquí algunas veces cesan los trabajos, y consuelan los amigos. Ahora te den cuidado y causen dolor tus pecados, para que en el día del juicio estés seguro con los bienaventurados; pues entonces estarán los justos con gran constancia contra los que los angustiaron y persiguieron. Entonces estará para juzgar el que aquí se sujetó humildemente al juicio de los hombres. Entonces tendrá mucha confianza el pobre y el humilde, mas el soberbio por todos lados se estremecerá.

Entonces será tenido por sabio el que aprendió aquí a ser ignorante y menospreciado por Cristo. Entonces agradará toda tribulación sufrida con paciencia, y toda maldad no despegará los labios. Entonces se holgarán todos los devotos, y se entristecerán todos los disolutos. Entonces resplandecerá el vestido despreciado, y parecerá vil el traje precioso. Entonces será más alabada la pobre casilla que el palacio adornado. Entonces ayudará más la constante paciencia que todo el poder del mundo. Entonces será más ensalzada la simple obediencia, que toda la sagacidad del siglo.

Entonces alegrará más la pura y buena conciencia que la docta filosofía. Entonces se estimará más el desprecio de las riquezas, que todo el tesoro de los ricos de la tierra. Entonces te consolarás más de haber orado con devoción, que de haber comido delicadamente. Entonces te gozarás más de haber guardado el silencio, que de haber hablado mucho. Entonces te aprovecharán más las obras santas, que las palabras floridas. Entonces te agradará más la vida estrecha y la rigurosa penitencia, que todas las delicias terrenas. Aprende ahora a padecer en lo poco, porque después seas libre de lo muy grave; primero prueba aquí lo que podrás después. Si ahora no puedes padecer levemente, ¿cómo podrás después sufrir los tormentos eternos? Si ahora una pequeña penalidad te hace tan impaciente, ¿qué hará entonces el infierno? De verdad no puedes tener dos gozos, deleitarte en este mundo, y después reinar en el cielo con Cristo.

Si hasta ahora hubiese vivido en honras y deleites, y te llegase la muerte en este instante, ¿qué te aprovecharía todo aquello? Porque todo es vanidad, menos el amar y servir a Dios solo. Porque los que aman a Dios de todo corazón no temen la muerte, ni el tormento, ni el juicio, ni el infierno. El amor perfecto tiene segura la comunicación con Dios, mas quien se deleita en pecar, no es maravilla que tema la muerte y el juicio. Bueno es que si el amor no nos desvía de lo malo, por lo menos el temor del infierno nos refrene; pero el que pospone el temor de Dios, no puede perseverar mucho tiempo en el bien, antes caerá muy presto en los lazos del demonio.

CAPÍTULO XXV

De la fervorosa enmienda de toda nuestra vida

Vela con mucha diligencia en el servicio de Dios, y piensa de ordinario a qué viniste, y por qué dejaste el siglo. ¿Por ventura, no le despreciaste con el fin de vivir para Dios y convertirte en hombre espiritual? Corre, pues con fervor a la perfección, que presto recibirás el galardón de tus trabajos, y no habrá de ahí adelante temor ni dolor en tu fin. Ahora trabajarás un poco, y hallarás después gran descanso, y aun perpetua alegría. Si permaneces fiel y diligente en el servir, sin duda será Dios fidelísimo y riquísimo en el pagar. Ten firme esperanza que alcanzarás victoria; mas no conviene tener seguridad, porque no te entibies o te ensoberbezcas.

Como uno estuviese congojado, y entre la esperanza y el temor dudase muchas veces, cargado de tristeza se postró delante de un altar en la iglesia para rezar; y revolviendo en su corazón varias cosas dijo: ¡Oh si supiese que había de perseverar! Y luego oyó en lo interior esta divina respuesta: ¿Qué harías si eso supieres? Haz ahora lo que harías entonces, y estarás bien seguro. Y al punto, consolado y confortado, se ofreció a la divina voluntad, cesó su congojosa turbación, y no quiso más escudriñar curiosamente para saber lo que le había de suceder; pero anduvo con mucho cuidado de saber lo que fuese la voluntad de Dios, y a sus divinos ojos más agradable y perfecto, para comenzar y perfeccionar toda buena obra.

El Profeta dice: Espera en el Señor, y haz bondad, y mora en la tierra, y serás apacentado en sus riquezas. Detiene a muchos el fervor de su aprovechamiento el temor de las dificultades o el trabajo de la batalla. Ciertamente aprovechan más en las virtudes aquellos que más varonilmente ponen todas sus fuerzas para vencer las que le son más graves y contrarias; porque allí aprovecha uno más, y alcanza mayor gracia, adonde más se vence y se mortifica en el espíritu.

Pero no todos tienen igual ánimo para vencer y mortificarse. Mas el diligente y celoso de su aprovechamiento será más fuerte para la perfección, aunque tenga muchas pasiones, que el de buen natural si no pone cuidado en las virtudes. Dos cosas especialmente ayudan mucho a enmendarse, conviene a saber, desviarse con esfuerzo de aquello a que inclina la naturaleza viciosamente, y trabajar con fervor por el bien que más necesita. Estudia también en vencer y evitar lo que de ordinario te desagrada en tus prójimos.

Mira que te aproveches donde quiera; y si vieres y oyeres buenos ejemplos, anímate a imitarlo. Mas si vieres alguna cosa digna de reprensión, guárdate de hacerlo; y si alguna vez lo hiciste, procura enmendarte luego. Así como tú observas a los otros, así los otros te observan a ti. ¡Oh cuán alegre y dulce cosa es ver a los hermanos devotos y fervorosos, con santas costumbres, y en observante disciplina! ¡Cuán triste y penoso es verlos andar desordenados, y que no cumplen aquello a que son llamados por su vocación! ¡Oh cuán dañoso es ser negligente en el propósito de su llamamiento, y ocuparse en lo que no les mandan!

Acuérdate del propósito que hiciste, y pon delante de ti la imagen del Crucifijo. Bien puedes avergonzarte mirando su vida sacratísima; porque aun no has procurado conformarte más con él, aunque hace muchos años que estás en el camino de Dios. El religioso que se ejercita intensa y devotamente en la santísima Vida y Pasión del Señor, halla allí cumplidamente todo lo útil y necesario para sí, y no tiene que buscar cosa mejor fuera de Jesucristo. ¡Oh si viniese a nuestro corazón Jesús crucificado, cuán presto y cumplidamente seríamos enseñados!

El religioso fervoroso acepta todo lo que le mandan, y lo lleva con paciencia. El negligente y perezoso tiene tribulación sobre tribulación, y de todas partes padece angustia, porque carece de la consolación interior, y no le dejan buscar la exterior. El religioso que vive fuera de la disciplina se expone a caer gravemente. El que busca vivir en anchura y flojedad, siempre estará en angustias; porque lo uno o lo otro le descontentará.

¿Cómo lo practica tanta multitud de religiosos, que viven encerrados bajo la observancia del claustro? Salen pocas veces, viven retirados, comen pobremente, visten groseramente, trabajan mucho, hablan poco, velan largo tiempo, madrugan mucho, tienen continuas horas de oración, leen a menudo y guardan en todo la disciplina. Mira cómo los de la Cartuja y los del Cister, y los Monjes y Monjas de diversos órdenes se levantan cada noche a alabar al Señor. Por eso, sería vergonzoso que tú emperezases en obra tan santa, donde tanta multitud de religiosos comienza a alabar a Dios.

¡Oh si nunca hubiésemos de hacer otra cosa sino alabar a nuestro Señor, de todo corazón y con la boca! ¡Oh si nunca tuviese necesidad de comer, de beber ni de dormir, sino que siempre pudieses alabar a Dios, y solamente ocuparte en cosas espirituales! Entonces serías mucho más dichoso que ahora, cuando sirves a la necesidad de la carne. Pluguiese a Dios que no tuviésemos estas necesidades, sino solamente las refacciones espirituales, las cuales ¡ay! gustamos bien raras veces.

Cuando el hombre llega al tiempo en que no busca su consolación en criatura alguna, entonces comienza a gustar de Dios perfectamente, y está contento, también de todo lo que le sucede. Entonces, ni se alegra en lo mucho, ni se entristece por lo poco, sino que se pone entera y fielmente en manos de Dios, el cual le es todo en todas las cosas, y para el cual ninguna cosa perece ni muere, mas todas viven y le sirven sin tardanza.

Acuérdate siempre del fin, y que el tiempo perdido jamás vuelve. Nunca alcanzarás las virtudes sin cuidado y diligencia. Si comienzas a ser tibio, comenzará a irte mal; mas si te dieres al fervor, hallarás gran paz, y te será el trabajo muy ligero por la gracia de Dios, y por al amor de la virtud. El hombre que tiene fervor y diligencia, a todo está dispuesto. Mayor trabajo es resistir a los vicios y pasiones, que sudar en los trabajos corporales. El que no evita los defectos pequeños, poco a poco cae en los grandes. Gozarás siempre a la noche, si gastares bien la vida. Vela sobre ti, excítate y amonéstate a ti propio. Sea de los otros lo que fuere, no te descuides de ti. Tanto más aprovecharás cuanto más violencia te hicieres. Amén.

LIBRO SEGUNDO

Avisos para el trato interior

CAPÍTULO I

De la conversación interior

El reino de Dios dentro de vosotros está, dice el Señor. Conviértete a Dios de todo corazón y deja ese miserable mundo, y hallará tu alma reposo. Aprende a menospreciar las cosas exteriores y date a las interiores, y verás que viene a ti el reino de Dios. Pues el reino de Dios es paz y gozo en el Espíritu Santo, lo cual no se da a los malos. Si le preparas digna morada en tu interior, Jesucristo vendrá a ti y de mostrará su consolación. Toda su gloria y hermosura es en lo interior, y allí se complace. Su continua visitación es con el hombre interior; con él habla dulcemente, es grata su consolación, tiene mucha paz, y admirable familiaridad.

Sé, pues, alma fiel, y prepara tu corazón a este Esposo, para que quiera venirse a ti y morar contigo; porque él dice así; Si alguno me ama, guardará mi palabra, vendremos a él, y moraremos en él. Da pues lugar a Cristo, y a todo lo demás cierra la entrada. Si a Cristo tuvieres, estarás rico y te bastará. Él será tu proveedor y fiel procurador en todo, de manera que no tendrás necesidad de esperar en los hombres. Porque los hombres se mudan fácilmente y desfallecen en breve; pero Jesucristo permanece para siempre, y está firme hasta el fin.

No hay que poner mucha confianza en el hombre frágil y mortal, aunque sea provechoso y bien querido, ni se ha de tomar mucha pena si alguna vez fuere contrario. Los que hoy están a tu favor, mañana te pueden contradecir, y al contrario; muchas veces se vuelven como el viento. Pon en Dios toda tu esperanza, y sea él tu temor y tu amor. Él responderá por ti y lo hará como mejor convenga. No tienes aquí ciudad de morada; donde quiera que fueses serás extraño y peregrino, y no tendrás jamás reposo hasta que estés íntimamente unido con Cristo.

¿Qué miras aquí, no siendo éste el lugar de tu descanso? En el cielo ha de ser tu morada, y como de paso has de mirar todo lo terrestre. Todas las cosas pasan, y tú con ellas. Guarda, no te apegues a cosa alguna, porque no seas preso y perezcas. En el Altísimo esté tu pensamiento; y tu oración diríjase sin cesar a Cristo. Si no sabes contemplar las cosas altas y celestiales, descansa en su pasión, y mora muy gustoso en sus sacratísimas llagas. Porque si te llegas devotamente a las llagas y preciosas heridas de Jesucristo, gran consuelo sentirás en la tribulación, no harás mucho caso de los desprecios de los hombres y fácilmente sufrirás las palabras de los maldicientes.

Cristo fue también en el mundo despreciado de los hombres, y entre grandes afrentas desamparado de amigo y conocidos, y en la mayor necesidad. Cristo quiso padecer y ser despreciado, ¿y tú osas quejarte de cosa alguna? Cristo tuvo adversarios y murmuradores, ¿y tú quieres tener a todos por amigos y bienhechores? ¿Cómo se coronará tu paciencia, si ninguna adversidad se te ofrece? Si no quieres sufrir algo, ¿cómo serás amigo de Cristo? Sufre con Cristo y por Cristo, si quieres reinar con Cristo.

Si una vez entrases perfectamente en lo interior de Jesucristo, y gustases un poco de su encendido amor, entonces no tendrías cuidado de tu provecho o daño propio, antes te holgarías más de las injurias que te hiciesen; porque el amor de Jesús hace al hombre despreciarse a sí mismo. El amador de Jesús y de la verdad, y el hombre verdaderamente interior y libre de afectos desordenados, se puede volver fácilmente a Dios y elevarse sobre sí mismo en espíritu, y gozarse en él con suavidad.

Aquél que aprecia todas las cosas como son, no como se dicen o estiman, es verdaderamente sabio, y enseñado más por Dios que por los hombres. El que sabe vivir interiormente y tener en poco las cosas exteriores, no busca lugares, ni espera tiempos para darse a ejercicios devotos. El hombre interior presto se recoge; porque nunca se derrama del todo a las cosas exteriores, no le estorba el trabajo exterior, ni la ocupación tomada en tiempo necesario; sino que como suceden las cosas, se conforma a ellas. El que está interiormente bien dispuesto y ordenado, no cuida de lo que perversamente obran los mundanos. Tanto se estorba uno y se distrae, cuanto atrae a sí las cosas del mundo.

Si fueres recto y puro de pasiones, todo te sucederá bien y con provecho. Por eso te descontentan muchas cosas a cada paso, y te turban, porque aún no estás muerto a ti perfectamente, ni apartado del todo de lo terreno. No hay cosa que tanto mancille y embarace al corazón del hombre, como el amor desordenado a las criaturas. Si desprecias las consolaciones exteriores, podrás contemplar las cosas celestiales y muchas veces gozarte interiormente.

CAPÍTULO II

De la humilde sujeción

No tengas en mucho a quien esté por ti o contra ti; más procura que Dios sea contigo en todo lo que haces. Ten buena conciencia y Dios te defenderá. Al que Dios quiere ayudar, no le podrá dañar la malicia de hombre alguno. Si sabes callar y sufrir, sin duda tendrás el favor de Dios. Él sabe el tiempo y el modo de librarte, y por eso te debes abandonar a él. A Dios pertenece ayudarnos y librarnos de toda confusión. Algunas veces conviene mucho, para guardar mayor humildad, que otros sepan nuestros defectos y los reprendan.

Cuando un hombre se humilla por sus defectos, entonces fácilmente aplaca a los otros, y sin dificultad satisface a los que están enojados con él. Dios defiende y libra al humilde, ama al humilde y le consuela; se inclina al humilde y le da su gracia, y después de su abatimiento le eleva a la gloria. Al humilde descubre sus secretos, y le atrae dulcemente a sí, y le convida. El humilde, recibida la afrenta está en paz, porque descansa en Dios, y no en el mundo. No pienses haber aprovechado algo, si no te estimas por menos que todos.

CAPÍTULO III

Del hombre bueno y pacífico

Ponte primero a ti en paz, y después podrás apaciguar a los otros. El hombre pacífico, aprovecha más que el muy letrado. El hombre apasionado, aún el bien convierte en mal, y de ligero cree lo malo. El hombre bueno y pacífico, todas las cosas echa a buena parte. El que está en buena paz, de ninguno sospecha.

El descontento y alterado, con diversas sospechas se atormenta; ni él sosiega, ni deja descansar a los demás. Dice muchas veces lo que no debiera y deja de hacer lo que más le conviene. Piensa lo que otros deben hacer y deja él sus obligaciones. Ten pues, primero celo contigo, y después podrás ser celoso con el prójimo.

Tú sabes muy bien excusar y disimular tus faltas, y no quieres oír las disculpas ajenas; más justo sería que te acusases a ti, y excusaras a tu hermano. Sufre a los demás si quieres que te sufran. Mira cuán lejos estás aún de la verdadera caridad y humildad, la cual no sabe desdeñarse y airarse sino contra sí. No es mucho tratar con los buenos y mansos, que esto gusta naturalmente, y cada uno de buena gana tiene paz y ama a los que concuerdan con él; mas poder vivir en paz con los hombres duros, perversos y de mala condición, y con quien nos contradice, gran gracia es, y acción varonil y loable.

Hay algunos que tienen paz consigo mismos y la tienen también con los demás. Otros hay que ni tienen paz consigo ni la dejan tener a otros; siendo molestos para los demás, son aún más molestos para sí mismos. Y hay otros que tienen paz consigo y trabajan para poner en paz a los otros. Así, pues, toda nuestra paz en esta miserable vida, más se ha de fundar en el sufrimiento humilde, que en no sentir contrariedades. El que mejor sabe padecer, tendrá mayor paz. Este tal es vencedor de sí mismo, y señor del mundo, amigo de Cristo y heredero del cielo.

CAPÍTULO IV

Del puro corazón y sencilla intención

Con dos alas se levanta el hombre sobre las cosas terrestres, que son simplicidad y pureza. La simplicidad ha de estar en la intención y la pureza en el afecto. La simplicidad pone la intención en Dios; la pureza le abraza y gusta de él. Ninguna buena obra te impedirá si interiormente estuvieres libre de todo deseo desordenado. Si no piensas ni buscas sino el beneplácito divino y el provecho del prójimo, gozarás de interior libertad. Si fuese tu corazón recto, entonces te sería toda criatura espejo de vida y libro de santa doctrina. No hay criatura tan baja ni pequeña que no manifieste la bondad de Dios.

Si fuese bueno y puro en lo interior, luego verías y entenderías bien todas las cosas sin impedimento. El corazón puro penetra en el cielo y en el infierno. Cual es cada uno en lo interior, tal juzga lo de fuera. Si hay gozo en el mundo, el hombre puro de corazón lo posee; y si en algún lugar hay tribulación y congojas, esto lo siente mejor la mala conciencia. Así como el hierro metido en el fuego pierde el moho y se pone todo resplandeciente; así el hombre que enteramente se convierte a Dios, es despojado de su entorpecimiento y se muda en nuevo hombre.

Cuando el hombre comienza a entibiarse, entonces teme el trabajo aunque pequeño, y toma de buena gana la consolación exterior; mas cuando se comienza perfectamente a vencer y andar alentadamente en el camino de Dios, tiene por ligeras las cosas que primero tenía por graves.

CAPÍTULO V

De la propia consideración

No debemos confiar mucho en nosotros mismos, porque muchas veces nos falta la gracia y la discreción. Poca luz hay en nosotros, y presto la perdemos por nuestra negligencia. Muchas veces no sentimos cuán ciegos estamos en el alma. Muchas veces también obramos mal, y nos excusamos peor. Y a veces nos mueve la pasión, y pensamos que es el celo. Reprendemos en los otros las cosas pequeñas, y disimulamos en nosotros las graves. Muy presto sentimos y ponderamos lo que de otro sufrimos; mas no miramos cuánto enojamos a los demás. El que bien y rectamente ponderare sus obras, no tendrá que juzgar gravemente las ajenas.

El hombre interior antepone el cuidado de sí mismo a todos los cuidados; y el que tiene verdadero cuidado de sí poco habla de otros. Nunca serás recogido y devoto si no callares las cosas ajenas, y especialmente mirares a ti mismo. Si del todo te ocupares en Dios y en ti, poco te moverá lo que sientes de fuera. ¿Adónde estás cuando no estás contigo? Después de haber discurrido por todas las cosas, ¿qué has ganado si de ti te olvidaste? Si has de tener paz y unión posponlas y tengas a ti solo delante de tus ojos.

Mucho aprovecharás si te conservares libre de todo cuidado temporal; y muy menguado serás si alguna cosa temporal estimares en mucho. No te parezca cosa alguna elevada, ni grande ni agradable, sino Dios, o cosa que sea puramente de Dios. Ten por cosa vana cualquier consolación que viniere de alguna criatura. El alma que ama a Dios, desprecia todas las cosas sin él. Solo Dios eterno e inmenso, que todo lo llena, es gozo del alma y alegría verdadera del corazón.

CAPÍTULO VI

De la alegría de la buena conciencia

La gloria del hombre bueno es el testimonio de la buena conciencia. Ten buena conciencia y siempre tendrás alegría. La buena conciencia puede sufrir muchas cosas, y está muy alegre en las adversidades. La mala conciencia siempre está con inquietud y temor. Suavemente descansarás si no te reprende tu corazón. No te alegres sino cuanto hicieres algún bien. Los malos nunca tienen alegría verdadera, ni sienten paz interior; porque No tienen paz los impíos, dice el Señor; y si dijeren: “En paz estamos, no vendrán males sobre nosotros, y ¿quién se atreverá a ofendernos?” no los creas; porque de repente se levantará la ira de Dios, y pararán en nada sus obras, y perecerán sus pensamientos.

Gloriarse en la tribulación no es dificultoso al que ama; porque gloriarse de esta suerte, es gloriarse en la cruz del Señor. Breve es la gloria que se da y se recibe de los hombres. La gloria del mundo siempre va acompañada de tristeza. La gloria de los buenos está en sus conciencias y no en la boca de los hombres. La alegría de los justos es de Dios y en Dios, y su gozo es la verdad. El que desea la verdadera y eterna gloria no hace caso de la temporal; y el que busca la gloria temporal o no la desprecia de corazón, señal es que ama poco la celestial. Gran quietud de corazón tiene el que no hace caso de las alabanzas ni de los vituperios.

La conciencia limpia, fácilmente se sosiega y está contenta. No eres más santo porque te alaben, ni más vil porque te desprecien. Lo que eres, eso eres, ni puedes tenerte por mayor de lo que Dios sabe que eres. Si miras lo que eres dentro de ti, no te dará cuidado lo que de ti hablan los hombres. El hombre ve lo de afuera, mas Dios ve el corazón. El hombre considera las obras, mas Dios pesa las intenciones. Hacer siempre bien, y tenerse en poco, señal es de una alma humilde. No querer consolación de criatura alguna, señal es de gran pureza y de íntima confianza.

El que no busca en los hombres prueba de su bondad, claramente muestra que se entrega del todo a Dios; porque dice S. Pablo: No el que se loa a sí mismo es aprobado, sino el que Dios alaba. Andar en lo interior con Dios y no distraerse con alguna afición exterior, es el estado del varón espiritual.

CAPÍTULO VII

Del amor de Jesús sobre todas las cosas

Bienaventurado el que conoce lo que es amar a Jesús y despreciarse a sí mismo por Jesús. Conviene dejar un amor por otro; porque Jesús quiere ser amado él solo sobre todas las cosas. El amor de la criatura es engañoso y mudable. El amor de Jesús es fiel y permanente. El que se llega a la criatura caerá con lo caedizo; el que abraza a Jesús perseverará firme para siempre. Ama y ten por amigo a aquél, que aunque todos te desamparen no te desamparará ni dejará perecer en el fin. De todos has de ser desamparado alguna vez, quieras o no.

Sigue el partido de Jesús con toda constancia en vida y en muerte, y entrégate a él muy seguro de su fidelidad, pues él solo te puede ayudar cuando todos te faltaren. Tu amado es de tal condición, que no quiere consigo admitir a otro, sino que él, sólo, quiere poseer todo tu corazón y hacer su asiento en él como un Rey en su propio trono. Si supieses bien desocuparte de toda criatura, Jesús moraría de buena gana contigo. Cuanto amor pusieres en los hombres, no siendo por Jesús, lo tendrás perdido. No confíes ni estribes sobre la caña hueca, porque toda carne es heno, y toda su gloria se marchita como su flor.

Si mirares solamente la apariencia de los hombres, presto serás engañado. Porque si buscas tu descanso y provecho en otros, muchas veces sentirás daño; mas si en todo buscas a Jesús, le hallarás en todas partes. Y si te buscas a ti mismo, también te hallarás, pero será para tu mal; pues más se daña el hombre a sí mismo si no busca a Jesús, que todo el mundo y todos sus enemigos le pueden dañar.

CAPÍTULO VIII

De la familiar amistad de Jesús

Cuando Jesús está presente, todo es bueno y nada parece difícil; mas cuando Jesús está ausente, todo es duro. Cuando Jesús no habla dentro del alma, muy despreciable es la consolación; mas si Jesús habla una sola palabra, se siente gran consolación. Por ventura ¿no se levantó luego María Magdalena del lugar donde lloraba, cuando le dijo Marta: El Maestro está aquí y te llama? Bienaventurada la hora, cuando Jesús llama de las lágrimas al gozo del espíritu. ¡Cuán árido y duro eres sin Jesús! ¡Cuán necio y vano si codicias algo fuera de Jesús! ¿No es éste mayor daño que si perdieses todo el mundo?

¡Qué puede dar el mundo sin Jesús! Estar sin Jesús es grave infierno; estar con Jesús es dulce paraíso. Si Jesús estuviera contigo, ningún enemigo te podrá dañar. El que halla a Jesús halla un buen tesoro, y de verdad bueno sobre todo bien. Y el que pierde a Jesús pierde muy mucho, y más que si perdiese todo el mundo. Pobrísimo es el que vive sin Jesús, y riquísimo el que está bien con Jesús.

Grande arte es saber conversar con Jesús, y gran prudencia saber tener a Jesús. Sé humilde y pacífico, y Jesús será contigo. Si eres devoto y reposado permanecerá contigo Jesús. Presto puedes apartar de ti a Jesús y perder su gracia si te inclinas a las cosas exteriores. Si apartas de ti a Jesús, y le pierdes, ¿a dónde irás? ¿a quién buscarás por amigo? Sin amigo no puedes vivir contento; y si no fuere Jesús tu especialísimo amigo, estarás muy triste y desconsolado. Pues neciamente obras si en otro alguno confías o te alegras. Más se debe escoger tener todo el mundo contrario, que tener ofendido a Jesús. Pues sobre todos tus amigos sea Jesús amado especialmente.

Ámese a todos por amor de Jesús, y ámese a Jesús por sí mismo. Solo Jesucristo se debe amar singularísimamente, porque él solo es bueno, y fidelísimo más que todos los amigos. Por él y en él debes amar a los amigos y a los enemigos, y rogarle por todos para que te conozcan y te amen. Nunca desees ser alabado ni amado singularmente, porque eso sólo a Dios pertenece, que no tiene igual. Ni quieras que ninguno ocupe contigo su corazón, ni tú ocupes el tuyo con el de nadie; más sea sólo Jesús en ti y con todo hombre bueno.

Sé puro y libre en lo interior, sin apego a criatura alguna, porque te conviene tener para con Dios un corazón puro, si quieres descansar y ver cuán suave es el Señor. Y verdaderamente no llegarás a esto si no fueres prevenido y atraído por su gracia, para que dejadas y echadas de ti todas las cosas, seas unido solo con él solo. Pues cuando viene la gracia de Dios al hombre, entonces se hace poderoso para todo; y cuando esta gracia se retira, queda pobre y enfermo, y como desnudo y abandonado, sólo para el castigo. En este estado no debe el hombre desmayar, ni desesperar, sino estar constante en la voluntad de Dios, y sufrir con ánimo tranquilo todo lo que le aconteciere por la gloria de Jesucristo; porque después del invierno viene el verano, después de la noche vuelve el día, y pasada la tempestad llega la bonanza.

CAPÍTULO IX

Cómo conviene carecer de todo consuelo

No es grave cosa despreciar la consolación humana cuando tenemos la divina. Gran cosa es, y muy grande, ser privado y carecer de consuelo divino y humano, y querer sufrir de buena gana la sequedad del corazón por la honra de Dios, y en ninguna cosa buscarse a sí mismo ni atender al propio merecimiento. ¿Qué gran cosa es si estás alegre y devoto, cuando desciende sobre ti la gracia de Dios? Esta hora todos la desean. Muy suavemente camina aquél a quien conduce la gracia de Dios. ¿Y qué maravilla si no siente carga el que es llevado por el Omnipotente, y guiado por el Conductor supremo?

De buena gana tomamos algún pasatiempo por consuelo, y con dificultad se desnuda el hombre de sí mismo. El mártir San Lorenzo venció al mundo y aún el afecto a su sacerdote San Sixto, porque despreció todo lo que en el mundo parecía deleitable, y sufrió con paciencia por amor de Cristo, que le fuese quitado aquel Sumo Sacerdote de Dios, a quien él amaba mucho. Pues así con el amor de su Criador venció el amor del hombre, y trocó el consuelo humano por el beneplácito divino. Así aprende tú a dejar algún pariente, o amigo por amor de Dios, y no te aflijas cuando te dejare tu amigo, sabiendo que es necesario nos separemos al fin unos de otros.

De continuo, y mucho, conviene que pelee el hombre consigo mismo, antes que se sepa vencer enteramente y poner en Dios todo su afecto. Cuando el hombre se está en sí mismo, con facilidad se desliza en las consolaciones humanas; mas el verdadero amador de Cristo, y cuidadoso imitador de sus virtudes, no se arroja a las consolaciones, ni busca dulzuras sensibles, antes procura ejercicio de fortaleza y sufre por Cristo duros trabajos.

Así pues, cuando Dios te diere la consolación espiritual, recíbela con hacimiento de gracias, y entiende que es don de Dios, y no tu merecimiento. Por tanto, no te engrías ni te alegres demasiado, ni presumas vanamente, antes humíllate más por el don recibido, y sé más avisado y temeroso en todas tus obras, porque se pasará aquella hora y vendrá la tentación. Cuando te fuere quitado el consuelo, no desconfíes desde luego; sino espera con humildad y paciencia la visitación celestial, porque Dios es poderoso para volver a darte mucha mayor consolación. Esto no es cosa nueva ni ajena para los que han experimentado el camino de Dios, porque en los grandes santos y antiguos profetas acaeció muchas veces esta especie de alternativa.

Por eso decía uno cuando sentía efectos de la gracia: Yo dije en mi abundancia: No seré movido ya para siempre. Y ausente la gracia añade lo que experimentó en sí diciendo: Apartaste de mí tu rostro, y quedé conturbado. Mas con todo esto no desespera, sino con mayor instancia ruega a Dios y dice: A ti, Señor, llamaré, y a mi Dios rogaré; y al fin alcanza el fruto de su oración y confirma su oído diciendo: Oyóme el Señor y hubo misericordia de mí; el Señor se hizo mi ayudador. ¿Mas en qué? Volviste, dice, mi llanto en gozo y rodeásteme de alegría. Y si así se hizo con los grandes santos, no debemos nosotros, enfermos y pobres desesperar si algunas veces estamos fervorosos y otras veces fríos, porque el espíritu viene y se va, según la divina voluntad. Por eso dice el bienaventurado Job: Visitas al hombre en la mañana, y súbitamente le pruebas.

¿Pues en qué puedo esperar, o en quién debo confiar, sino solamente en la gran misericordia de Dios y en la esperanza de la gracia celestial? Porque aunque esté cercado de hombres buenos, de hermanos devotos o de amigos fieles; que lea libros santos o tratados excelentes; que entone cánticos suaves y dulces himnos, toco aprovecha poco y tiene poco sabor cuando estoy desamparado de la gracia y dejado en mi propia pobreza; entonces no hay mejor remedio que la paciencia, y negándome a mí mismo, resignarme en la voluntad de Dios.

Nunca hallé hombre tan religioso y devoto, que alguna vez no tuviese intermisión del consuelo divino, o no haya sentido disminución del fervor. Ningún santo fue tan altamente arrebatado e iluminado que antes o después no haya sido probado con tentaciones, pues no es digno de la sublime contemplación de Dios el que no fue ejercitado por Dios en alguna tribulación. Suele ser la tentación precedente señal que vendrá el consuelo, pues a los probados en la tentación está prometido el gozo celestial. Al que venciere, dice el Señor, daré a comer del árbol de la vida.

Dase también la consolación divina para que el hombre sea más fuerte para sufrir las adversidades; y se sigue la tentación porque no se ensoberbezca en le bien. El demonio no duerme ni la carne está aún muerta; por esto no ceses de prepararte para la batalla, porque a diestra y a siniestra están los enemigos que nunca descansan.

CAPÍTULO X

Del agradecimiento por la gracia de Dios

¿Para qué buscas descanso, pues naciste para el trabajo? Disponte para la paciencia más que para la consolación, y más para llevar Cruz que a tener alegría. ¿Qué hombre del mundo no tomará de buena gana el consuelo y alegría espiritual, si siempre la pudiese alcanzar? Porque las consolaciones espirituales exceden a todos los placeres del mundo y a los deleites de la carne. Porque todos los deleites mundanos son torpes o vanos; mas sólo los deleites espirituales son los alegres y honestos, engendrados de las virtudes e infundidos por Dios en los corazones puros. Mas no puede ninguno gozar continuamente de estas consolaciones divinas como quiere, porque el tiempo de la tentación pocas veces cesa.

Muy contraria es a la soberana visitación la falsa libertad del alma y la confianza de sí mismo. Bien hace Dios dando la gracia de la consolación; pero el hombre hace mal no atribuyéndolo todo a Dios y dándole gracia. Y por esto no son mayores en nosotros los dones de la gracia, porque somos ingratos al Bienhechor y no lo atribuimos todo a la fuente original; porque siempre se debe gracia al que dignamente es agradecido, y se quita al soberbio lo que se suele dar al humilde.

No quiero consuelo que me quite la compunción, ni contemplar lo que me ocasiones soberbia; pues no es santo todo lo elevado, ni todo lo dulce bueno, ni todo deseo puro, ni todo lo que amamos agradable a Dios. De grado admito yo la gracia que me haga más humilde y timorato, y me disponga más a renunciarme a mí. El hombre enseñado con el don de la gracia, y avisado con el escarmiento de haberla perdido, no osará atribuirse a sí bien alguno, antes confesará ser pobre y desnudo, lleno de verdad y de gloria celestial, no es codicioso de gloria vana. Los que están fundados y confirmados en Dios en ninguna manera pueden ser soberbios. Y los que atribuyen a Dios todo cuanto bien reciben, no buscan ser alabados unos de otros; más quieren la gloria que de sólo Dios viene, y desean que sea Dios glorificado sobre todas las cosas en sí mismo y en todos los santos, y siempre se dirigen a este fin.

Sé, pues, agradecido en lo poco y serás digno de recibir cosas mayores. Ten en mucho lo poco y lo más despreciable por don singular. Si miras a la dignidad del Dador, ningún don parecerá pequeño o despreciable. Por cierto no es poco lo que el Soberano Dios da; y aunque nos dé penas y azotes, se lo debemos agradecer, que siempre es para nuestra salvación todo lo que permite que nos suceda. El que desee conservar la gracia de Dios, agradézcale la gracia que le ha dado, y sufra con paciencia cuando le fuere quitada. Haga oración continua para que le sea restituida, y sea cauto y humilde para no perderla.

Da a Dios lo que es de Dios y atribúyete a ti lo que es tuyo, esto es, da gracias a Dios por la gracia y solo a ti atribúyete la culpa, y conoce que por la culpa te es debida justamente la pena.

Ponte siempre en lo más bajo, y te darán lo más alto, porque no está lo muy alto sin lo más bajo. Los Santos, que son grandes para con Dios, para consigo son pequeños; y cuanto más gloriosos, tanto son más humildes.

CAPÍTULO XI

Cuán pocos son los que aman la Cruz de Cristo

Jesucristo tiene ahora muchos amadores de su reino celestial, pero muy pocos que lleven su cruz. Tiene muchos que desean el consuelo, y muy pocos que quieran la tribulación. Muchos compañeros halla para la mesa, y pocos para la abstinencia. Todos quieren gozarse con él, mas pocos quieres sufrir algo por él. Muchos siguen a Jesús cuando no hay adversidades; muchos le alaban y bendicen en el tiempo que reciben de él algunas consolaciones; mas si Jesús se escondiese y los dejase un poco, luego se quejarían y abatirían.

Pero los que aman a Jesús por él mismo, y no por algún propio consuelo suyo, bendícenle en toda pena y angustia del corazón, tan bien como en el consuelo. Y aunque nunca más les quisiere dar consuelo, siempre le alabarían y darían gracias.

¡Oh cuánto puede el amor puro de Jesús sin mezcla del propio amor! Bien se pueden llamar propiamente mercenarios los que siempre buscan consolaciones. ¿No se aman a sí mismos más que a Cristo, los que continuamente piensan en su provecho y ganancias? ¿Dónde se hallará alguno que quiera servir a Dios de balde?

Pocas veces se halla alguno tan espiritual, que esté desnudo de todas las cosas. ¿Pues quién hallará el verdadero pobre de espíritu y desnudo de toda criatura? De muy lejos y muy precioso es su valor. Si el hombre diere su hacienda toda, aún no es nada; y si hiciere gran penitencia, aún es poco. Aunque tenga toda la ciencia, aún está lejos; y si tuviere gran virtud y muy fervorosa devoción, aún le falta mucho. ¿Y cuál es ésta? Que dejadas todas las cosas, se deje a sí mismo, y salga de sí del todo, y no le quede nada de amor propio. Y cuando conociere que ha hecho todo lo que debe hacer, piense que aún no ha hecho nada.

No tenga en mucho que lo puedan tener por grande; más llámese en la verdad siervo sin provecho, como dice la Verdad; Cuando hubiereis hecho todo lo que os está mandado, aún decid: Siervos somos sin provecho. Y así podrás ser pobre y desnudo de espíritu, y decir con el Profeta: Uno solo y pobre soy. Con todo eso, ninguno hay más rico, ninguno más poderoso, ninguno más libre, que aquél que sabe dejarse a sí mismo y a todas las cosas, y ponerse en el último lugar.

CAPÍTULO XII

Del camino real de la santa Cruz

Estas palabras parecen duras a muchos: Niégate a ti mismo, toma tu cruz y sigue a Jesús. Pero más duro será oír aquella postrera palabra: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno. Los que ahora oyen y siguen de buena voluntad la palabra de la eterna condenación. Esta señal de la Cruz estará en el cielo cuando el Señor venga a juzgar. Entonces todos los siervos de la Cruz, que se conformaron en esta vida con el Crucificado, se llegarán a Cristo Juez con gran confianza.

¿Por qué pues temes tomar la Cruz por la cual se va al Reino? En la Cruz está la salud, en la Cruz está la vida, en la Cruz está la defensa contra los enemigos, en la Cruz está la infusión de la suavidad celestial, en la Cruz está la fortaleza del corazón, en la Cruz está el gozo del espíritu, en la Cruz está la suma virtud, en la Cruz está la perfección de la santidad. No está la salud del alma ni la esperanza de la vida eterna sino en la Cruz. Toma, pues, tu Cruz y sigue a Jesús e irás a la vida eterna. Él vino primero y llevó su Cruz, y murió en la Cruz por ti, porque tú también la lleves y desees morir en ella. Porque si murieres juntamente con él vivirás con él, y si fueres compañero de sus penas, lo serás también de su gloria.

Mira que todo consiste en la Cruz, y todo está en morir en ella; y no hay otro camino para la vida y para la verdadera paz sino el de la santa Cruz y continua mortificación. Ve donde quisieres, busca lo que quisieres, y no hallarás más alto camino en lo eminente ni más seguro en lo abatido sino la senda de la santa Cruz. Dispón y ordena todas las cosas según tu querer y parecer, y no hallarás sino que has de padecer algo, o de grado o por fuerza, y así siempre hallarás la Cruz, pues, o sentirás dolor en el cuerpo o padecerás tribulación en el espíritu.

Unas veces te dejará Dios y otras te mortificará el prójimo, y lo que más es, muchas veces te descontentarás de ti mismo, y no serás aliviado ni confortado con ningún remedio ni consuelo, y será preciso que sufras hasta cuando Dios quisiere, porque quiere que aprendas a sufrir la tribulación sin consuelo y que te sujetes del todo a él, y te hagas más humilde con la aflicción. Ninguno siente tan de corazón la pasión de Cristo, como aquél a quien acaece sufrir penas semejantes. De modo que la cruz siempre está preparada y te espera en cualquier lugar. No la puedes huir donde quiera que fueres; porque a cualquier parte que huyas llevas a ti mismo. Vuélvete arriba, vuélvete abajo, vuélvete fuera, vuélvete adentro, en todo hallarás la cruz; y es necesario que en todo lugar tengas paciencia si quieres tener paz interior y merecer perpetua corona.

Si de buena voluntad llevas la cruz, ella te llevará y guiará al fin deseado, adonde será el fin de padecer, aunque aquí no lo sea. Si contra tu voluntad la llevas, la hiciste más pesada, y no obstante es preciso que la sufras. Si desechas una cruz, sin duda hallarás otra, y acaso más pesada.

¿Piensas tú escapar de lo que ninguno de los mortales pudo? ¿Quién de los santos estuvo en el mundo sin cruz y tribulación? Nuestro Señor Jesucristo, por cierto, en cuanto vivió en este mundo no estuvo una hora sin dolor, porque convenía que Cristo padeciese y resucitase de los muertos, y así entrase en su gloria. ¿Pues cómo buscas tú otra senda, sino este camino real que es el de la santa Cruz?

Toda la vida de Cristo fue cruz y martirio, ¿y tú buscas para ti holgura y gozo? Yerras, yerras si buscas otra cosa que sufrir tribulaciones, porque toda esta vida mortal está llena de miserias y por todas partes está rodeada de cruces; y cuanto más altamente alguno aprovechare en espíritu, tanto más pesadas cruces hallará muchas veces, porque la pena de su destierro crece más por el amor.

Mas este tal, así afligido de tantos modos, no está sin el alivio de la consolación, porque siente crecer en sí gran fruto de llevar su cruz, porque cuando se junta a ella de buena voluntad todo el peso de la tribulación se convierte en confianza del consuelo divino. Y cuanto más se quebranta la carne por la aflicción, tanto más se fortifica el espíritu por la gracia interior. Y algunas veces se conforta tanto con el afecto a la tribulación y adversidad por el amor y conformidad con la cruz de Cristo, que no quiere estar sin dolor y penalidad, porque se tiene por tanto más acepto a Dios, cuanto mayores y más graves cosas pudiere sufrir por él. Esto no es virtud humana, sino gracia de Cristo, que tanto puede y hace en la carne frágil, que lo que naturalmente el hombre siempre aborrece y huye, lo acometa y acabe con fervor de espíritu.

No es propio de la humana condición, amar la cruz, castigar el cuerpo y sujetarle a servidumbre, huir los honores, sufrir de grado las injurias, despreciarse a sí mismo y desear ser despreciado, tolerar todo lo adverso con daño y no desear cosa de prosperidad en este mundo. Si te miras a ti, no podrás por ti cosa alguna de éstas; mas si confías en Dios, él te dará fortaleza celestial y hará que te obedezca el mundo y la carne, y no temerás al demonio si estuvieres armado de fe y señalado con la cruz de Cristo.

Disponte, pues, como bueno y fiel siervo de Cristo para llevar varonilmente la Cruz de tu Señor, crucificado por amor tuyo. Prepárate a sufrir muchas adversidades y diversas incomodidades en esta miserable vida, porque así estará contigo donde quiera que fueres y de verdad lo hallarás en cualquier parte donde te escondas. Así conviene, y no hay otro remedio para escapar de la tribulación de los males y del dolor, sino sufrir. Bebe con afecto el cáliz del Señor si quieres ser su amigo y tener parte con él. Remite a Dios las consolaciones y haga él con ellas lo que más le pluguiere. Pero tú disponte a sufrir las tribulaciones y estímalas por grandes consuelos; porque no son condignas las penalidades de este tiempo para merecer la gloria venidera, aunque tú solo pudieses sufrirlas todas.

Cuando llegares a punto que la aflicción te sea dulce y gustosa por amor de Cristo, piensa entonces que vas bien porque hallaste el paraíso en la tierra. Mientras te parezca penoso el padecer y procures huirlo, cree que vas mal, y donde quiera que fueres te seguirá el rastro de la tribulación.

Si te dispones para hacer lo que debes, conviene a saber, sufrir y morir, luego te irá mejor y hallarás paz. Y aunque fueres arrebatado hasta el tercer cielo con San Pablo, no estarás por eso seguro de no sufrir alguna contrariedad. Yo, dice Jesús, te mostraré cuántas cosas le convendrá padecer por mi nombre. Luego, sólo te queda el padecer, si quieres amar a Jesús y servirle siempre.

Pluguiese a Dios que fueses digno de padecer algo por el nombre de Jesús. ¡Cuán grande gloria se te daría! ¡Cuánta alegría causarías a todos los Santos de Dios! ¡Cuánta edificación sería para el prójimo!, pues todos alaban la paciencia, aunque pocos quieren padecer. Con razón debías sufrir algo de buena gana por Cristo, cuando hay tantos que sufren más graves cosas por el mundo.

Ten por cierto que te conviene morir viviendo; y que cuanto más muere cada uno a sí mismo, tanto más comienza a vivir a Dios. Ninguno es apto para comprender las cosas celestiales si no se aviene a sufrir las adversidades por Cristo. No hay cosa a Dios más acepta, ni para ti en este mundo más saludable, que padecer gustosamente por Cristo. Y si te diesen a escoger, más debías desear padecer cosas adversas por Cristo, que ser recreado de muchas consolaciones; porque en esto le serías más semejante, y más conforme a todos los santos. Pues no está nuestro merecimiento, ni la perfección de nuestro estado en disfrutar muchas suavidades y consuelo, sino en sufrir grandes penalidades y tribulaciones.

Porque si alguna cosa fuera mejor y más útil para la salvación de los hombres que el sufrir, Cristo lo hubiera declarado con su palabra y ejemplo; pues manifiestamente exhorta a sus discípulos, que lleven la Cruz y les dice: Si alguno quisiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Así que, leídas y bien consideradas todas las cosas, sea ésta la conclusión: Que por muchas tribulaciones nos es necesario entrar en el reino de Dios.

LIBRO TERCERO

De la consolación interior

CAPÍTULO I

De la habla interior de Cristo al ánima fiel

Oiré lo que hablare el Señor Dios en mí. Bienaventurada el alma que oye al Señor que le habla interiormente, y de su boca recibe palabra de consolación. Bienaventurados los oídos que perciben lo sutil de las inspiraciones divinas y no se cuidan de las murmuraciones mundanas. Bienaventurados los oídos que escuchan, no la voz que oyen de fuera, sino la verdad que enseña adentro. Bienaventurados los ojos que cerrados a las cosas exteriores, están muy atentos a los interiores. Bienaventurados los que penetran las cosas interiores y procuran con ejercicios continuos prepararse cada día más y más a entender los secretos celestiales. Bienaventurados los que se alegran de entregarse a Dios, y se desembarazan de todo impedimento del mundo. ¡Oh alma mía! Considera muy bien esto, y cierra las puertas de tu sensualidad, porque puedas oír lo que el Señor tu Dios habla en ti.

Esto dice tu Amado: Yo soy tu salud, tu paz y tu vida; consérvate en mí, y hallarás la paz. Deja todas las cosas transitorias y busca las eternas. ¿Qué es todo lo temporal sino engañoso? ¿Y qué te ayudarán todas las criaturas si fueres desamparado del Criador? Por esto, dejadas todas las cosas, vuélvete amable y fiel a tu Criador, para que puedas alcanzar la verdadera bienaventuranza.

CAPÍTULO II

Cómo la verdad habla interiormente al alma sin ruido de palabras

Habla, Señor, porque tu siervo oye. Yo, soy tu siervo, dame entendimiento para que sepa tus verdades. Inclina mi corazón a las palabras de tu boca; descienda tu habla así como rocío. Decían en otro tiempo los hijos de Israel a Moisés: Háblanos tú, y oirémoste; no nos hable el Señor, porque quizá moriremos. No así, Señor, no te ruego así; mas con el profeta Samuel, con humildad y deseo te suplico: Habla, Señor, porque tu siervo oye. No me hable Moisés, ni alguno de los profetas; mas háblame tú, Señor Dios, inspirador e iluminador de todos los profetas; pues tú solo sin ellos me puedes enseñar perfectamente, pero ellos sin ti ninguna cosa aprovecharán.

Es verdad que pueden pronunciar palabras, mas no comunican espíritu. Muy bien hablan, mas callando tú no encienden el corazón. Dicen la letra, mas tú abres el sentido; predican misterios, mas tú aclaras la inteligencia de lo oculto; pronuncian mandamientos, pero tú ayudas a cumplirlos; muestran el camino, pero tú das esfuerzo para andarlo; ellos obran por afuera solamente, pero tú instruyes e iluminas los corazones; ellos riegan la superficie, mas tú das la fertilidad; ellos claman con palabras, mas tú das la inteligencia al oído.

Pues no me hable Moisés, sino tú, Señor Dios mío, eterna Verdad, para que por ventura no muera, y quede sin fruto si solamente fuere enseñado por afuera y no encendido por adentro. No me sea para condenación la palabra oída y no obrada, conocida y no amada, creída y no guardada. Habla pues tú, Señor, porque tu siervo oye, pues tienes palabras de vida eterna. Háblame, para consolación de mi alma, para la enmienda de toda mi vida, y para eterna honra y gloria tuya.

CAPÍTULO III

Las palabras de Dios se deben oír con humildad, y muchos no las estiman

Oye, hijo mío, mis palabras, palabras suavísimas, que exceden toda la ciencia de los filósofos y sabios del mundo. Mis palabras son espíritu y vida, y no se pueden examinar por el sentido humano. No se deben traer al sabor del paladar, mas se deben oír con silencio, y recibir con toda humildad y grande afecto.

Dijo David: Bienaventurado es aquel a quien tú enseñares, Señor, y a quien mostrares tu ley, porque lo guardes de los días malos, y no sea desamparado en la tierra.

Yo, dice el Señor, enseñé a los profetas desde el principio, y no ceso de hablar a todos hasta ahora, mas muchos son duros y sordos a mi voz. Muchos de mejor gana oyen al mundo que a Dios; más fácilmente siguen el apetito de su carne, que al beneplácito divino. El mundo promete cosas temporales y pequeñas, y con toso eso le sirven con gran ansia; yo prometo cosas grandes y eternas, y entorpécense los corazones de los mortales. ¿Quién me sirve a mí y me obedece en todo, con tanto cuidado como al mundo y a sus señores se sirve? Avergüénzate, Sidón, dice el mar. Y si preguntas la causa, oye el por qué. Por un pequeño beneficio andan los hombres largo camino, y por la vida eterna muchos con dificultad levantan el pie del suelo. Buscan los hombres viles ganancias; por una blanca pleitean a las veces vergonzosamente; por cosas vanas y por una corta promesa no temen fatigarse noche y día. Mas ¡oh dolor! que emperezan de fatigarse un poco por el bien que no se muda, por el galardón que es inestimable, y por la suma honra y gloria sin fin. Avergüénzate, siervo perezoso y quejoso de ver que aquellos se hallan más dispuestos para la perdición, que tú para la vida eterna. Alégranse ellos más por la vanidad, que tú por la verdad. Porque algunas veces les miente su esperanza; mas mi promesa a nadie engaña, ni deja frustrado al que confía en mí. Yo daré lo que tengo prometido. Y cumpliré lo que he dicho, si alguno perseverare fiel en mi amor hasta el fin. Yo soy galardonador de todos los buenos y rígido examinador de todos los devotos.

Escribe mis palabras en tu corazón, y considéralas con mucha diligencia, pues en el tiempo de la tentación las habrás menester. Lo que no entiendes cuando lees, lo conocerás en el día de la visitación. De dos maneras acostumbro visitar a mis escogidos; esto es, con la tentación y con el consuelo. Y dos lecciones les doy cada día, una reprendiendo sus vicios, otra exhortándolos al adelantamiento en la virtud. El que tiene mis palabras y las desprecia, tiene quien le juzgue en el postrero día.

ORACIÓN

Para pedir la gracia de la devoción

Señor Dios mío, tú eres todos mis bienes. ¿Quién soy yo para que me atreva a hablarte? Yo soy un pobrísimo siervo tuyo, un gusanillo despreciable, mucho más pobre y más digno de ser despreciado de lo que yo sé, y me atrevo a decir. Pero acuérdate, Señor, que soy nada, nada tengo, nada valgo. Tú solo eres bueno, justo y santo, tú lo puedes todo, tú lo das todo, tú lo llenas todo, sólo al pecador dejas vacío. Acuérdate, Señor, de tus misericordias, y llena mi corazón de tu gracia, pues no quieres que queden vacías tus obras.

¿Cómo me podré sufrir en esta miserable vida, si no me esfuerza tu misericordia y tu gracia? No me vuelvas el rostro, no dilates tu visitación, no me quites tu consuelo, para que no sea mi alma como la tierra sin agua. Señor, enséñame a hacer tu voluntad, enséñame a conversar delante de ti digna y humildemente, porque tú eres mi sabiduría, que en verdad me conoces, y me conociste antes que el mundo se hiciese, y antes que yo naciese en el mundo.

CAPÍTULO IV

Debemos conversar delante de Dios con verdad y humildad

Hijo, anda delante de mí en verdad, y búscame siempre con sencillo corazón. El que camina delante de mí en verdad, será defendido de malos encuentros, y la verdad le librará de los seductores, y de las murmuraciones de los inicuos. Si la verdad te librase serás verdaderamente libre, y no cuidarás de las palabras vanas de los hombres.

Señor, verdad es lo que dices, y así te suplico que lo hagas conmigo. Tu verdad me enseñe, y ella me guarde y me conserve hasta el fin saludable. Ella me libre de toda mala afición y todo amor desordenado, y así andaré contigo con gran libertad de corazón.

Yo te enseñaré, dice la Verdad, las cosas rectas y agradables a mí. Piensa en tus pecados con gran dolor y tristeza, y nunca te juzgues valer algo por tus buenas obras; que en verdad eres pecador, sujeto y enlazado en muchas pasiones. De ti siempre caminas a la nada, luego caes, luego eres vencido, presto te turbas y pronto desfalleces. No tienes cosa de que te puedas gloriar, y tienes muchas porque puedas envilecerte; porque más flaco eres de lo que puedes pensar.

Por eso no te parezca cosa grande alguna de cuantas haces. Nada tengas por grande, nada por cosa preciada ni maravillosa, nada estimes por digno de reputación, nada por elevado, nada por verdaderamente loable y apetecible, sino lo que es eterno. Agrádete sobre todas las cosas la eterna Verdad, y desagrádete siempre sobre todo tu gran bajeza. Nada temas, ni desprecies ni huyas tanto como tus faltas y pecados, los cuales deben entristecerte más que los daños de todas las cosas. Algunos no andan delante de mí sinceramente; pero con curiosidad y arrogancia quieren saber mis secretos, y entender las cosas altas de Dios, no cuidando de sí mismos, ni de su salvación. Estos caen con frecuencia en grandes tentaciones y pecados, por su soberbia y curiosidad; porque yo les soy contrario.

Teme los juicios de Dios, tiembla de la ira del Omnipotente, no quieras sondear las obras del Altísimo; mas escudriña tus maldades, en cuántas cosas pecaste y cuántas buenas obras dejaste de hacer por tu negligencia. Algunos reducen su devoción solamente en los libros, otros en las imágenes, otros en señales y figuras exteriores. Unos me traen en la boca, pero muy poco en el corazón. Hay otros, que iluminados en el entendimiento y purificados en el afecto, suspiran siempre por las cosas eternas, oyen con pena hablar de las terrenas y con dolor acuden a las necesidades de la naturaleza, y éstos sienten lo que habla en ellos el Espíritu de verdad, porque éste les enseña a despreciar lo terreno y amar lo celestial; aborrecer el mundo, y desear el cielo día y noche.

CAPÍTULO V

Del maravilloso efecto del Divino Amor

Bendígote, Padre celestial, Padre de mi Señor Jesucristo, que tuviste por bien acordarte de mí, pobre. ¡Oh Padre de las misericordias, y Dios de toda consolación! Gracias te doy porque a mí, indigno de todo consuelo, recreas algunas veces con tu consolación. Bendígote siempre, y glorifícote con tu Unigénito Hijo, y con el Espíritu Santo Consolador, por todos los siglos de los siglos. ¡Oh Señor Dios mío, Amador santo mío! Cuando tú vinieres a mi corazón, se alegrarán todas mis entrañas. Tú eres mi gloria y la alegría de mi corazón; tú eres mi esperanza y el refugio mío en el día de mi tribulación.

Mas porque aún soy débil en el amor, e imperfecto en la virtud, por eso tengo necesidad de ser fortalecido y consolado por ti. Por eso visítame, Señor, continuamente, e instrúyeme con santas doctrinas. Líbrame de mis malas pasiones y sana mi corazón de todos mis afectos desordenados; a fin de que sano y bien purificado en lo interior, sea apto para amarte, fuerte para sufrir y firme para perseverar.

Gran cosa es el amor y el mayor de todos los bienes. Él solo hace ligero todo lo pesado, y sufre con igualdad todo lo desigual, pues lleva la carga sin fatiga y hace dulce y sabroso todo lo amargo. El nobilísimo amor de Jesús nos anima a hacer grandes cosas y siempre nos mueve a desear lo más perfecto. El amor quiere estar en lo más alto, y no ser detenido en cosas bajas. El amor quiere ser libre y ajeno de toda afición mundana, para que no se impida su afecto interior, ni se embarace en ocupaciones de provecho temporal, ni caiga por algún daño o pérdida. No hay cosa más dulce que el amor, ni más fuerte, ni más alta, ni más espaciosa, ni más alegre, ni más cumplida ni mejor en el cielo ni en la tierra. Porque el amor nació de Dios y no puede descansar con nada de lo creado, sino con el mismo Dios.

El que ama vuela, corre, alégrase, es libre, y no es detenido; todas las cosas da por todo, y las tiene todas en todo, porque descansa en el único Sumo Bien sobre todas las cosas, del cual mana y procede todo bien. No mira a los dones, sino vuélvese al dador de ellos sobre todos los bienes. El amor muchas veces no sabe modo, mas se inflama sobre todo modo. El amor no siente carga, ni hace caso de los trabajos, antes desea más de lo que puede. No se queja que le manden lo imposible, porque cree que en Dios todo lo puede. Pues tiene poder para todo y muchas cosas ejecuta y pone por obra, en las cuales el que no ama desfallece y cae. El amor siempre vela, y durmiendo no se adormece, fatigado no se cansa, angustiado no se angustia, espantado no se espanta; sino que como viva llama y ardiente luz, sube a lo alto y se remonta con seguridad. Si alguno ama, conoce lo que dice esta voz: Gran clamor es en los oídos de Dios el abrasado afecto del alma que dice: Dios mío, Amor mío, tú eres todo mío, y yo todo tuyo.

Dilátame en el amor, para que aprenda a gustar en el fondo de mi corazón, cuán suave es amar y derretirse y nadar en el amor. Sea yo cautivo del amor, saliendo de mí por el gran fervor y admiración. Cante yo cantares de amor; sígate yo, Amado mío, a lo alto, y desfallezca mi alma en tu loor transportada de amor. Ámete yo más que a mí, y no me ame a mí sino por ti; y ame en ti a todos los que de verdad te aman, como manda la ley del amor, que sale de ti como un resplandor de tu Divinidad.

El amor es diligente, sincero, piadoso, alegre y ameno; fuerte, sufrido, fiel, prudente, constante, magnánimo, y nunca se busca a sí mismo, porque si alguno se busca a sí mismo, luego cae del amor. El amor es circunspecto, humilde y recto; no es regalado ni liviano, ni atiende a cosas vanas; es sobrio, firme, casto, tranquilo y recatado en todos sus sentidos. El amor es sumiso y obediente a los Prelados, y para sí mismo vil y despreciable; para con Dios devoto y agradecido, confiando y esperando siempre en él, aún en el tiempo cuando no le regala, porque ninguno vive en amor sin dolor.

El que no está dispuesto a sufrir todas las cosas y estar a la voluntad del amado, no es digno de llamarse amador. Conviene al que ama abrazar de buena voluntad por el amado todo lo duro y amargo, y no apartarse de él por cosa contraria que le acaezca.

CAPÍTULO VI

De la prueba del verdadero amor

Hijo, aún no eres fuerte y prudente amador.

¿Por qué Señor?

Porque a cualquier contradicción pequeña faltas en lo comenzado y buscas la consolación con mucha ansia. El constante amador está firme en las tentaciones y no cree las astucias engañosas del enemigo. Como yo le agrado en las prosperidades, así no le descontento en lo adverso.

El discreto amador, no considera tanto el don del que ama, cuanto el amor del que lo da; más mira a la voluntad que a la merced, y todas las dádivas pospone al amado. El amador noble no descansa en el don, sino en mí que soy sobre todo don. Por eso si alguna vez no gustas tan bien de mí o de mis santos como deseas, no por eso está ya todo perdido. Aquel tierno y dulce afecto que percibes algunas veces, obra es de la gracia presente, y como una pequeña participación de la patria celestial, sobre lo cual no debes apoyarte mucho, porque va y viene. Mas el pelear contra los malos movimientos del ánimo, y desechar las sugestiones del enemigo, señal es de virtud, y de gran merecimiento.

No te turben pues las imaginaciones extrañas de diversas materias que te ocurran. Guarda tu firme propósito con recta intención a Dios. No es extraño que de repente te arrebates alguna vez a lo alto, y luego te tornes a las distracciones acostumbradas del corazón, porque más las sufres contra tu voluntad que las causas; y mientras te dan penas y las contradices, mérito es y no pérdida.

Persuádete que el enemigo antiguo, de todos modos se esfuerza para impedir tu deseo en lo bueno, y privarte de todo ejercicio devoto, como es honrar a los Santos, la piadosa memoria de mi Pasión, la útil recordación de los pecados, la guarda del propio corazón y el firme propósito de aprovechar en la virtud. Te trae muchos pensamientos malos para causarte horror, y para desviarte de la oración y de la lección sagrada. Desagrádale mucho la humilde confesión; y si pudiese, haría que no comulgases. No le creas ni hagas caso de él aunque muchas veces te arme lazos. Cuando te trajere pensamientos malos y torpes, atribúyelo a él y dile: Vete de aquí, espíritu inmundo; avergüénzate, desventurado; muy inmundo eres, pues me traes tales cosas a la imaginación. Apártate de mí, malvado engañador, no tendrás parte alguna de mí, porque Jesús estará conmigo como invencible capitán y tú quedarás confuso. Más quiero morir y sufrir cualquier pena, que consentir contigo. Calla y enmudece; no te oiré más, aunque más me importunes. El Señor es mi luz y mi salud, ¿a quién temeré? Aunque se ponga contra mí un ejército, no temerá mi corazón. El Señor es mi ayudador y mi redentor.

Pelea como buen soldado; y si alguna vez cayeres por fragilidad, procura cobrar mayores fuerzas que las primeras, confiando de mayor favor mío, y guárdate mucho de la vana complacencia y de la soberbia. Por esto muchos están engañados y caen algunas veces en una ceguedad casi incurable. Séate aviso para perpetua humildad la caída de los soberbios, que locamente presumen de sí.

CAPÍTULO VII

Cómo se ha de ocultar la gracia bajo la humildad

Hijo, más útil y más seguro te es encubrir la gracia de la devoción, que no ensalzarte, ni hablar mucho de ella, ni ponderarla mucho; sino despreciarte a ti mismo, y temer, como dada a quien no la merece. No es bien apegarse demasiado a este tierno afecto, que tan pronto puede mudarse en lo contrario. Piensa cuando están en gracia, cuán miserable y pobre sueles ser sin ella. No está sólo la perfección de la vida espiritual en tener la gracia de la consolación; sino en que con humildad, negándote a ti mismo, lleves con paciencia que se te quite, de suerte que entonces no aflojes en el ejercicio de la oración, ni dejes las buenas obras que sueles practicar; mas como mejor pudieres y entendieres has de buena gana todo lo que esté de tu parte; ni por la sequedad o angustia que sientes, descuides del todo de ti mismo.

Porque hay muchos que cuando las cosas no les suceden bien, luego se impacientan, o aflojan en la virtud. Porque no está siempre en la mano del hombre su adelantamiento; mas a Dios pertenece el dar y consolar cuando quiere, cuanto quiere, y a quien quiere, como a él le agrada, y no más. Algunos indiscretos se destruyeron por la gracia de la devoción; porque quisieron hacer más de lo que pudieron, no mirando la medida de su pequeñez, siguiendo más el deseo de su corazón que el juicio de la razón. Y porque se atrevieron a mayores cosas que Dios quería, por esto perdieron la gracia, y se hicieron pobres, y quedaron viles los que pusieron en el cielo su nido, para que humillados y empobrecidos aprendan a no volar con sus alas, sino a esperar debajo de las mías. Los que todavía son nuevos y sin experiencia en el camino del Señor, si no se gobiernan por el consejo de discretos, fácilmente pueden ser engañados y venir a perderse.

Si quieren seguir más su parecer que creer a los experimentados, les será al cabo de gran peligro, si no quieren ceder de su propio juicio. Los que se tienen por sabios rara vez sufren con humildad ser corregidos. Mejor te es el tener poco, que mucho de donde te puedes ensoberbecer. No hace discretamente el que se da todo a la alegría, olvidándose de su pasada miseria y del casto temor del Señor, que teme perder la gracia concedida. Ni entiende mucho de virtud el que se desalienta en el tiempo de la adversidad o tribulación, y piensa y siente de mí con menos confianza de lo que conviene.

El que en tiempo de paz se juzgare demasiado seguro, muy caído y medroso se hallará en el tiempo del combate. Si supiese siempre permanecer humilde y pequeño a tus ojos y moderar y regir bien tu espíritu, no caerías tan presto en los peligros. Buen consejo es que pienses cuando están con fervor de espíritu, lo que puede venir apartándose aquella luz. Y cuando esto acaece, piensa que otra vez puede volver la misma luz; la cual yo te quité por algún tiempo para tu seguridad y gloria mía.

Más aprovecha muchas veces esta prueba, que si tuvieses de continuo a tu voluntad las cosas que deseas; porque los merecimientos no se han de calificar por tener muchas visiones o consolaciones, o porque sea uno entendido en la Escritura, o porque esté colocado en dignidad, sino en si fuere fundado en humildad verdadera, y lleno de la caridad divina; si pura y enteramente buscare siempre la honra de Dios; si se reputare a sí mismo por nada y verdaderamente se despreciare; y si se holgare de ser abatido y despreciado de otros, más que de ser honrado.

CAPÍTULO VIII

De la vil estimación de sí mismo a los ojos de Dios

¿Hablaré yo a mi Señor, siendo, como soy, polvo y ceniza? Si por más de esto me reputare, tú estás contra mí, y mis maldades dan de esto verdadero testimonio, y no puedo contradecirlo. Mas si reconociendo mi vileza, juzgare que soy nada, dejare toda propia estimación y me considerare polvo, como lo soy, me será tu gracia favorable, y tu luz se acercará a mi corazón, y toda estimación se hundirá en el abismo de mi nada y perecerá eternamente. Allí me mostrarás lo que soy, lo que fui, y a dónde vine a parar, porque soy nada y no lo conocí. Si soy dejado a mis fuerzas, todo soy nada, y todo flaqueza; pero si tú me mirares, luego seré fortificado y estaré lleno de nuevo gozo. Y es cosa maravillosa, por cierto, cómo tan de repente soy levantado sobre mí, y abrazado de ti con tanta benignidad, siendo así que yo, según mi propia pesadez, siempre soy inclinado a lo bajo.

Esto, Señor, hace tu amor; que sin méritos míos, me previene y me socorre en tantas necesidades, guardándome también de graves peligros, librándome, para decir verdad, de innumerables males. Porque yo me perdí amándome desordenadamente; pero buscándote a ti solo, y amándote puramente, hallé a mí y a ti, y por el amor me reduje más profundamente a mi nada; porque tú ¡oh dulcísimo Señor! haces conmigo mucho más de lo que merezco, y más de lo que me atrevo a esperar o pedir.

Bendito seas, Dios mío, que aunque soy indigno de todo bien, todavía tu suprema e infinita bondad nunca cesa de hacer bien aún a los desagradecidos, y a los que están muy lejos de ti. Conviértenos a ti, para que seamos agradecidos, humildes y devotos, pues tú eres nuestra salud, nuestra virtud y nuestra fortaleza.

CAPÍTULO IX

Todas las cosas deben referirse a Dios, como a último fin

Hijo, yo debo ser tu supremo y último fin, si deseas de veras ser bienaventurado. Con este propósito se purificará tu afecto, que malamente se inclina muchas veces a sí mismo y a las criaturas, porque si en algo te buscas a ti mismo, luego desfalleces y te secas. Pues atribuye todo lo bueno principalmente a mí, que soy el que te doy todos los bienes. Así considera cada cosa como venida del Soberano Bien, y por eso todas las cosas se deben reducir a mí, como a su propio principio.

De mí, como de fuente viva, sacan agua viva el pequeño y el grande, el pobre y el rico; y los que me sirven de buena voluntad recibirán gracia por gracia. Mas el que se quiera gloriar fuera de mí, o deleitarse en algún bien particular, no será confirmado en el verdadero gozo, ni se dilatará su corazón; sino que estará impedido y angustiado de muchas maneras. Por eso no te apropies a ti cosa buena, ni atribuyas a hombre alguno la virtud; más refiérelo todo a Dios, sin el cual nada tiene el hombre. Yo lo di todo, yo quiero todo recobrarlo; y con gran razón quiero se me den acciones de gracias.

Esta es la verdad con que se ahuyenta la vanagloria. Y si la gracia celestial y la caridad verdadera entrare en el alma, no habrá envidia alguna, ni contradicción del corazón, ni le ocupará el amor propio. La caridad de Dios lo vence todo, y dilata todas las fuerzas del alma. Si bien lo entiendes, en mí solo te has de gozar, en mí solo has de tener esperanza, porque ninguno es bueno, sino sólo Dios, el cual se ha de alabar sobre todas las cosas, y se ha de bendecir en todas ellas.

CAPÍTULO X

Despreciando el mundo, es dulce cosa servir a Dios

Otra vez hablaré, ahora, Señor, y no callaré; diré en los oídos de mi Dios, de mi Señor y de mi Rey que está en el cielo: ¡Oh Señor, cuán alta es la grandeza de tu dulzura, que reservaste para los que te temen! Pues ¿qué serás para los que te aman? ¿Qué serás para los que te sirven de todo corazón? Verdaderamente es inefable la dulzura de tu contemplación, la cual das a los que te aman. En esto has mostrado singularmente la dulcedumbre de tu caridad, que cuando yo no era me criaste; y cuando andaba perdido lejos de ti, me tornaste a ti, para que te sirviese, y me mandaste que te amase.

¡Oh fuente perenne de amor! ¿qué diré de ti? ¿cómo podré olvidarme de ti, que te dignaste acordarte de mí, aún después que yo me perdí y perecí? Has usado con tu siervo, misericordia sobre toda esperanza, y sobre todo merecimiento le diste tu gracia y amistad. ¿Qué te daré yo por esta gracia? Porque no es dado a todos, que dejadas todas las cosas, renuncien al mundo y abracen la vida retirada. ¿Es gran cosa que yo te sirva, a quien toda criatura debe servir? No me debe parecer mucho servirte; antes me parece cosa grande y maravillosa, que tú te dignes recibirme por siervo, a mí tan pobre e indigno, y unirme con tus amados siervos.

Señor, todas las cosas que tengo y con que te sirvo, tuyas son. Mas en verdad, más me sirves tú a mí, que yo a ti. El cielo y la tierra que criaste para el servicio del hombre, están prontos para obedecerte, y hacen cada día todo lo que le mandaste; y esto poco es, pues aún los ángeles ordenaste para servir al hombre. Mas a todas estas cosas excede, que tú mismo te dignaste de servir al hombre, y le prometiste darte a ti mismo.

¿Qué te daré yo por tantos millares de beneficios? ¡Oh si pudiese yo servirte todos los días de mi vida! ¡Oh si pudiese solamente, siquiera un solo día, hacerte algún digno servicio! Verdaderamente tú sólo eres digno de todo servicio, de toda honra y de alabanza eterna. Verdaderamente tú sólo eres mi Señor, y yo miserable siervo tuyo, que estoy obligado a servirte con todas mis fuerzas, y nunca debo cansarme de alabarte. Así lo quiero, así lo deseo, y lo que me falta ruégote que tú lo completes.

Grande honra y gran gloria es servirte, y despreciar todas las cosas por ti. Por cierto grande gracia tendrán los que de toda voluntad se sujetaren a tu santísimo servicio. Hallarán la suavísima consolación del Espíritu Santo los que por amor tuyo despreciaren todo deleite carnal; y alcanzarán gran libertad de corazón los que entran por la senda estrecha por amor tuyo, y por él desechen todo cuidado mundano.

¡Oh agradable y muy alegre servidumbre del Altísimo, con la cual se hace el hombre verdaderamente libre y santo! ¡Oh sagrado estado del ejercicio religioso, que hace al hombre igual a los ángeles, grato a Dios, terrible a los demonios y recomendable a todos los fieles! ¡Oh ejercicio digno de ser abrazado, y siempre apetecido, con el cual se merece el Sumo Bien, y se adquiere el gozo que durará para siempre!

CAPÍTULO XI

Los deseos del corazón se deben examinar y moderar

Hijo, aún te conviene aprender muchas cosas que no has entendido bien.

Señor, ¿qué cosas son éstas?

Que pongas tu deseo totalmente en solo mi beneplácito, y no seas amador